Hoy muchos sueñan con vivir doscientos años… Habrá que tener cuidado con lo que sueña uno, no vaya a convertirse en realidad. Personalmente, la idea de vivir doscientos años se me antoja agotadora y, sobre todo, muy aburrida. Ante el milagro de la resurrección de Lázaro, debemos tener claro que Cristo no ha venido al mundo para concedernos una vida interminable. Lázaro murió. Murió más tarde, pero murió, porque la vida es terminable. Gracias a Dios. El milagro obrado por el Señor tenía otro significado.
Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Si crees, sabrás que estamos llamados, no a prolongar indefinidamente esta vida, sino a vivir otra: la eterna. Morirás, pero no morirás para siempre, no serás aniquilado. Tu vida entera, desde el nacimiento hasta el último suspiro, será llevada al gozo de la eternidad y al cobijo del Amor de Dios.
Y, por eso, mientras dura esta vida, lo único que nos importa es entregarla generosamente a Dios y al prójimo, y abrazarnos a la eterna. Hasta que seamos recibidos plenamente en ese Amor.
(TCA05)

















