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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¿Quién quiere vivir doscientos años?

Hoy muchos sueñan con vivir doscientos años… Habrá que tener cuidado con lo que sueña uno, no vaya a convertirse en realidad. Personalmente, la idea de vivir doscientos años se me antoja agotadora y, sobre todo, muy aburrida. Ante el milagro de la resurrección de Lázaro, debemos tener claro que Cristo no ha venido al mundo para concedernos una vida interminable. Lázaro murió. Murió más tarde, pero murió, porque la vida es terminable. Gracias a Dios. El milagro obrado por el Señor tenía otro significado.

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Si crees, sabrás que estamos llamados, no a prolongar indefinidamente esta vida, sino a vivir otra: la eterna. Morirás, pero no morirás para siempre, no serás aniquilado. Tu vida entera, desde el nacimiento hasta el último suspiro, será llevada al gozo de la eternidad y al cobijo del Amor de Dios.

Y, por eso, mientras dura esta vida, lo único que nos importa es entregarla generosamente a Dios y al prójimo, y abrazarnos a la eterna. Hasta que seamos recibidos plenamente en ese Amor.

(TCA05)

Un día en tus atrios

Es muy elocuente la frase de san Juan. Tras haber conspirado contra Jesús y haber tratado de arrestarlo, después de despreciar la tímida defensa que del Señor hizo Nicodemo, se volvieron cada uno a su casa.

Cada uno en su casa, y Dios en la de todos. No es verdad. Porque nos vamos a casa huyendo de Dios. Nos encerramos en nuestros egoísmos, nuestros planes, nuestras soledades y nuestros falsos descansos. Convertimos nuestra casa en ese refugio seguro donde ni Dios puede perturbarnos. Nuestra tumba.

Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa (Sal 83, 11), dice la Escritura. Aunque el atrio de la casa de Dios es el Gólgota. Allí se encuentra la Cruz, puerta del cielo, y allí los humanos se acogen a la sombra de tus alas (Sal 35, 8). Porque las alas de Dios son los brazos abiertos de Cristo en la Cruz.

Claro que, si en tu casa te sientes seguro, el Gólgota, poblado de tinieblas, ultrajes y muerte, parece el lugar más inseguro del mundo. No te dejes engañar. Allí están tu madre, tu Señor y tu Hogar. Deja tu casa vacía y refúgiate a la sombra de esas alas.

(TC04S)

El que intentan matar

Estamos, sin duda, en los prolegómenos de la Pasión. Durante la vida pública, muchos se refirieron a Jesús en Galilea como «el hijo de María» o «el hijo del carpintero». Pero, tras el discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, el Señor se quedó prácticamente sin discípulos. Se hablaba mucho de Él, quedó convertido en objeto de discusiones y tertulias, pero muy pocos lo seguían. Y en Judea se referían a Él en estos términos:

¿No es este el que intentan matar?

Ahora Jesús es el que intentan matar. Y lo sigue siendo. Somos nosotros quienes, con cada pecado y cada infidelidad, lo intentamos matar. No podemos pecar mirándolo a los ojos, tenemos que sacarlo de nuestras vidas para ocupar su puesto y ser como dioses. Por triste que parezca, Jesús sigue siendo el que intentan matar.

Ni yo quiero seguir escribiendo esto, ni tú quieres seguir leyéndolo. A qué esperamos, convirtámonos, cambiemos de bando. En lugar de ser quienes intentamos matarlo, crucemos la línea que nos separa de Él, rompamos el sucio cordón de nuestra tibieza y pasemos a ser quienes intentamos confortar y acompañar a Jesús, quienes ya no queremos matarlo, sino morir con Él.

(TC04V)

Por qué no lo llamamos Pepe

Lo de los «Pepes» ya sabéis de dónde viene. Antiguamente, en los escritos espirituales, junto al nombre de José se añadían, entre paréntesis, las siglas «p.p.», que nada tenían que ver con la política española, sino con las palabras «padre putativo». Suena fatal, era una forma de dejar claro que José era padre de Jesús «según pensaban».

Menos mal que desaparecieron las siglas, aunque lo de los Pepes permanezca. Porque, aun siendo verdad que José no intervino en la concepción virginal del Hijo de Dios, el santo patriarca no fue padre meramente «putativo» de Jesús. Fue verdadero padre. Educó al Niño Dios, le dio todo el amor y la protección que un buen padre da a su hijo, y Jesús lo llamó «abbá», papá, como todos los niños llamaban a sus padres.

Por eso es también padre nuestro. Porque somos miembros de Cristo. Y no nos dirigimos a él diciendo: «José, padre putativo mío», sino «San José, mi padre y señor». Por eso tampoco lo llamamos Pepe.

Encomiéndate a él. Pídele protección y auxilio. Porque, como sucede con la Virgen, estar cerca de José es estar cerca de Jesús. Dile, como un niño asustado a su papá: «No me sueltes».

(1903)

La Pasión del Hijo de Dios

Si las he contado bien, son nueve las veces que, en el evangelio de hoy, aparece la palabra «Padre».

El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace.

Si no nos adentramos en ese abismo de tinieblas y dulzura que es la intimidad del Hijo con el Padre, no entenderemos jamás la Pasión del Señor. Porque toda la Pasión, desde los postres de la Última Cena, es un grito filial del Hijo al Padre. Jesús parece estar tan concentrado en ese grito, que hasta los golpes, latigazos, clavos y espinas le duelen de lejos. El verdadero dolor llora a su Padre desde lo más profundo del corazón.

Y así, estremecido en pavor y angustia implorará a su Abbá que aparte el cáliz, para inmediatamente prometerle obediencia. Le suplicará que perdone a quienes lo matamos, gemirá buscándolo y preguntándole por qué lo abandonó. Y finalmente, como el niño que se echa encima de papá, entregará el Espíritu a sus manos para descansar, no en la muerte, sino en su Padre.

(TC04X)

Religión y superstición

Seguimos hoy donde lo dejamos ayer. La diferencia entre religión y superstición es que la superstición, mediante ciertos sortilegios, busca una prosperidad material. Tal objeto que llevo en la cartera me dará suerte y me obtendrá dinero o salud. Todo queda ahí. La religión, en cambio, busca sobre todo la unión con Dios y la salvación del alma. Los milagros han existido y existen, y pertenecen al ámbito de la religión. Pero si el milagro quedara en la curación de una enfermedad o en el logro de un favor terreno, no podríamos distinguir a quien besa un crucifijo de quien lleva un amuleto.

No peques más, no sea que te ocurra algo peor. Se lo dice Jesús al paralítico curado por Él. «Yo he curado tus piernas, te he librado de una enfermedad. Pero eso no es nada, mañana enfermarás de nuevo y pasado mañana morirás. Quiero librarte de algo mucho peor que la muerte. Quiero librarte del Infierno. Por eso sanaré tu alma, no con el agua de la piscina, sino con el agua brotada de mi costado. Y, cuando lo haga, no peques más. Porque más te vale entrar cojo en el cielo que ir entero al Infierno».

(TC04M)

Milagros bien aprovechados

Hay milagros desaprovechados. Y la culpa no es de Dios. Porque el milagro, que es una alteración de las leyes naturales, siempre persigue una conversión del corazón. Y, mientras las leyes naturales obedecen a Dios, el corazón de un hombre libre es tan soberano que hasta al propio Dios puede desobedecer. Yo vi casi resucitar de la muerte a un joven que tenía cuatro hermanos, y ni el joven ni sus hermanos se convirtieron. Vi a un ateo venir a misa todos los días para pedir un favor a Dios y, cuando Dios le concedió lo que pedía, aquel hombre dejó de venir a la iglesia. Milagros desaprovechados.

Hay milagros muy bien aprovechados. Aquel centurión se acercó a Jesús para pedir la curación de su hijo. Y Jesús exclamó: Si no veis signos y prodigios, no creéis. Algunos no creerán aunque los vean. Pero aquel hombre, cuando supo que su hijo había sido curado a la misma hora en que el Señor le dijo: Anda, tu hijo vive, se conmovió en su interior y creyó él con toda su familia.

Tú recuerda, cuando Dios te conceda lo que pidas, que quiere darte algo mayor. Abre tu corazón a esa gracia.

(TC04L)

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