¿No os produce fastidio hablar a quien no os escucha? Sobre todo, si estáis hablando de algo que os importa, algo en lo que creéis, algo de lo que estáis enamorados. No podéis imaginar lo que siente el sacerdote cuando está predicando las maravillas del corazón de Cristo y ve a los feligreses mirando el reloj, consultando el móvil o bostezando. Uno piensa: «¿Para qué hablo? Esto no les importa en absoluto. Pero ¿cómo es posible que no les importe? ¿Cómo puede no importarles el Amor de Dios? ¿En qué piensan? ¿Para qué viven?»
Pero no escucharon ni hicieron caso. Me dieron la espalda y no la cara (Jer 7, 24-26). Más difícil todavía es imaginar el disgusto de Dios ante la indiferencia de su pueblo. Y cuando, en su infinita paciencia, decidió enviar a su Palabra al mundo, los hombres dijeron: Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios. Fue rechazado y reducido al silencio en la Cruz.
Ojalá escuchéis hoy su voz (Sal 94). Acoged a Cristo dentro del alma, paladead en el corazón los santos evangelios. No obréis como los necios que miran el móvil durante el sermón, que es Dios quien habla.
(TC03J)











