Cuando Yahweh dio su ley a Moisés, firmo un pacto, una alianza con los hebreos, y se comprometió con ellos. Si el pueblo guardaba los preceptos del Señor, Dios sería fiel a su promesa: Que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar (Dt 4, 1). Se trataba de una promesa de prosperidad material. Ésa es, en el Antiguo Testamento, la recompensa del justo: una vida larga, multitud de hijos y multitud de riquezas.
Pero cuando el Hijo de Dios viene a la tierra dice sobre la ley de Moisés: No he venido a abolir, sino a dar plenitud. ¿Cuál es esa plenitud?
Toda la ley se resumía en el amor a Dios y al prójimo. En su Pasión, Cristo llevó ese amor hasta el extremo (Jn 13, 1), hasta la entrega de la propia vida.
Pero el premio no es el esperado. Jesús no triunfa en esta vida, muere joven, pobre y despojado de todo. ¿Qué puede esperar un cristiano, entonces, en esta tierra? Compartir su cruz.
El premio también ha sido llevado a plenitud. Cristo reina sobre los cielos, y el cristiano recibe vida eterna.
(TC03X)











