Nuestra sociedad opulenta es incapaz de valorar el hambre y la sed. Queremos pasar por la vida con todas las necesidades satisfechas. No le vemos sentido a la privación. Tuve que escuchar recientemente a una mujer escandalizada por la austeridad con que viven las religiosas de clausura. «¿Por qué no tienen calefacción? ¿Por qué ayunan? ¿Por qué hacen penitencia? No puede gustarle a Dios que pasemos necesidad voluntariamente». Así hablaba. Pobre. Mejor dicho: rica. Es un escándalo propio de ricos.
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Es viernes. Y estamos en Cuaresma. La mirada a la Cruz es casi de precepto. Y en esa contemplación de la Pasión de Cristo veremos al Hijo de Dios sufrir la soledad, la tristeza, el hambre y la sed de afecto y de compañía. Entonces decidiremos acompañarlo, porque lo amamos. No vamos a subirle una esponja empapada en vinagre, como el centurión. Vamos a subir nosotros al Madero y a compartir con Él su hambre y su sed.
Con nuestra hambre, oh Jesús, queremos calmar la tuya. Queremos darte a beber nuestra sed. Queremos, con nuestra tristeza, enjugar tus lágrimas. Y con nuestra soledad acompañarte.
No todos lo entienden.
(TC0V)











