A veces, es como si Jesús y los apóstoles estuvieran en mundos distintos. Tanto, que no hubiera comunicación posible. Jesús les habla del cielo, y ellos piensan en la tierra. Jesús les dice: Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes, y los apóstoles discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.
Entonces Jesús se enfada. Sí, sí, se enfada. Jesús también se enfada. Perfecto Dios y perfecto hombre. Perfecta paciencia (no como la nuestra) y enfados perfectos (no como los nuestros).
¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís?
Perdónanos, Señor. Tenemos el corazón tan embotado, tan metido en el bote de las tribulaciones de esta vida, que no acabamos de levantar la vista para buscar tan sólo el reino de los cielos y dejarnos cuidar por ti en las urgencias de la tierra.
¿Y no acabáis de comprender? Ése es el problema: que vamos entendiendo, pero no acabamos de comprender. Vamos poquito a poco, te escuchamos y, cada vez, vamos entendiendo más, pero nunca acabamos de comprender.
Cuando acabemos de comprender, nos sumergiremos en un profundo silencio del que no querremos salir jamás.
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