Me fascina ese relato del Génesis en que Dios lucha a brazo partido con Jacob durante toda la noche. Me recuerda a la mítica pelea entre Gregory Peck y Charlton Heston en «Horizontes de grandeza». Al amanecer, Dios se dejó vencer. Pero, entonces, ¿por qué luchó? ¿No podía haberle bendecido sin necesidad de aquel violento cuerpo a cuerpo?
Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Mira cómo Jesús forcejea con esta mujer pagana. Él sabe que se dejará vencer, y que finalmente le dará cuanto ella le pide. ¿Por qué, entonces, humillarla de esta forma, por qué someterla a esa tensión?
Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños. Ella quería que Jesús echase al demonio de su hija. Pero Jesús quería darle más de lo que pedía. No sólo sanaría a la pequeña, sino que también a ella, a la madre, deseaba favorecerla, llevarla por caminos de humildad y convertirla en profeta.
No te desalientes cuando te parezca que Jesús no escucha. Persevera, pide con humildad, lucha cariñosamente con Él, y recibirás más de lo que pides.
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