Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Viernes de la 30ª semana del Tiempo Ordinario (Ciclo par) – Espiritualidad digital

Disparando con pólvora del rey

Me cuentan que la expresión «disparar con pólvora del rey» tiene su origen en los tercios de Flandes. Los soldados debían pagar su propia pólvora y, por eso, se lo pensaban muy bien antes de lanzar un tiro si no tenían bien fijado el blanco. Sin embargo, cuando sus jefes los proveían de pólvora («pólvora del rey»), los soldados disparaban mucho más alegremente.

He gastado casi setenta palabras, pero merecía la pena. Porque el administrador infiel se pagaba sus fiestas con «pólvora del rey». Por eso lo acusaron ante su amo de derrochar sus bienes. Y el amo lo despidió. En el poco tiempo que le quedaba en el puesto, siguió disparando con «pólvora del rey», pero, en esta ocasión, no para pagarse fiestas, sino para beneficiar a los deudores de su amo y hacerse amigos.

Lo curioso es que al Rey le gustó. Al menos, en la parábola. ¿Sabes por qué? Porque nada tienes que sea tuyo; disparas con pólvora del Rey. Y a tu Rey, que se disgusta cuando usas esa vida que no es tuya en vivir «como un rey», sin embargo le gusta que la emplees en hacer más llevadera la vida del prójimo. Sé listo.

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Operación rescate

¿Cómo rescatarías tú a un asno que se ha caído en un pozo? Desde luego, con una redecilla de ésas que se usan para sacar hojas secas de la piscina no creo que pudieras. Consigue cuerdas, baja al pozo, ata las cuerdas al burro y, después… a ver si, entre cuatro, lográis levantarlo. Ya ni te cuento, si el asno está medio ahogado y tienes que hacerle el «boca a boca». Y todo eso en sábado, cuando la ley de Dios prohíbe trabajar. Desde luego, hay sábados en que es mejor no levantarse de la cama.

¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado?

Ayer se nos desmayó una mujer en misa, durante la comunión. No fue un éxtasis, fue una bajada de tensión. La misa tuvo que detenerse hasta que nos aseguramos de que se había recuperado un poco. ¿Imagináis que hubiese dicho: «Dejadla como está –inconsciente, tirada en el suelo–, y después la atenderéis»? No. No lo imagináis. Ni yo tampoco.

Mirad: si nuestros «deberes religiosos» no nos acercan a los hombres, sino que nos alejan de ellos, algo estamos haciendo mal.

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