Cuando Jesús sanó al hombre de la mano paralizada, había muchos más enfermos, y más graves, en la sinagoga. Pero sólo aquel hombre pudo ser curado. Los otros no quisieron ni siquiera reconocer su enfermedad.
Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
La enfermedad del pobre hombre estaba en la mano. La de los escribas y fariseos, en los ojos. No veían sujetos, sólo objetos. El sábado, la ley, el enfermo y el propio Jesús estaban despojados ante su mirada de todo misterio; eran meros objetos. Por eso, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús. Como discutirías qué hacer con un grano molesto en el codo. Eso era Jesús para ellos: una cosa, un grano que había que extirpar.
Cristo, el buen pastor, mira a las personas y a cada persona. Y sufre por la enfermedad de aquel hombre, y por la dureza de corazón de cada uno de los escribas, y por nuestros pecados. Quiere salvarnos a cada uno, y por cada uno entrega su vida.
Miremos por sus ojos. Que un ser humano nunca es un problema y siempre es un misterio.
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