¡Ponte en pie!
Me hace gracia. Hasta ayer, cuando contemplábamos al Niño Dios en un pesebre, parecía decirnos, desde allí: «Venid a mí». «Venite adoremus», cantábamos.
Pero, de un día para otro, el Niño nos ha crecido, camina y tiene barba. Y ahora ya no dice «Venid a mí» (aunque también se lo escucharemos), sino:
Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.
Son momentos distintos que marcan a fuego la vida de un cristiano. Porque la oración es un «Venid a mí». Allí, como en Belén, encontramos descanso en la contemplación del más hermoso de los hijos de Adán. Pero poco nos aprovecharía la oración si no nos levantamos. Tras haberlo conocido y haber caído rendidos y enamorados a sus pies, el Niño se levanta y nos dice: «No te quedes ahí parado. Si me amas, ven conmigo».
Es la hora de dirigirnos con Él al Calvario, la hora de entregar la vida, la hora de hacer verdad el «Te quiero» que se escapó de nuestros labios junto al pesebre.
Vamos camino de la Semana Santa. Y entonces, desde la Cruz, Jesús volverá a gritarnos: «Venid a mí». Y el pesebre se fundirá con el madero. Todo estará consumado.
(TOP01L)











