El miedo a ser felices
Mucha gente tiene miedo a Dios. Y no me refiero ahora a quienes temen el castigo divino, sino a quienes no se atreven a acercarse más al Señor por temor a que les pida demasiado. Hace años me dijo un hombre: «No volveré a sus misas. Ya le he calado a usted. Usted quiere que sea santo, y yo quiero ser un cristiano “normal”». No volvió. También recuerdo cómo una joven me dijo que no quería hacer ejercicios espirituales por miedo a que Dios le pidiera que entrara en un convento. Hizo los ejercicios, y es la religiosa más feliz del planeta.
Si conocieras el don de Dios… ¡Qué equivocados estamos! ¡Qué injustos somos con Dios! Y, en esa injusticia, siempre salimos perdiendo. Porque Dios no nos pide cosas. Él no necesita nada de nosotros. Sólo quiere que conozcamos su Amor, y que ese Amor llene nuestros corazones como agua viva que riega los campos, como agua fresca que apaga la sed.
Este Dios enamorado está empeñado en hacernos felices, y nosotros parecemos empeñados en no permitírselo por miedo a enamorarnos de Él y a desprendernos, cautivos de ese Amor, de las cuatro bagatelas que nos atan a este mundo.
(TCA03)











