Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 11 – Espiritualidad digital

Cristo y los escribas

La enseñanza de Jesús no dejó indiferente a nadie. Mientras algunos lo escuchaban encandilados, otros se indignaban y salían enfurecidos. Desde luego, nada que ver con las prédicas de los escribas de la época.

Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Las diferencias eran inmensas. Los escribas desaparecían entre los rollos que leían; Cristo no necesitaba rollos, Él mismo era el origen de su discurso. En Él, su propia persona era más importante que sus palabras, porque entregaba jirones de su alma en cada frase. Nadie recuerda el nombre de aquellos escribas. Pero al nombre de Jesús toda rodilla se dobla.

También es verdad que, ante la enseñanza de aquellos maestros, nadie se levantaba encrespado y abandonaba la asamblea. A Jesús, sin embargo, lo mataron a causa de sus palabras. ¿Es verdaderamente una mala señal que un feligrés abandone la Misa a mitad de la homilía, indignado por las palabras del sacerdote? No necesariamente. Lo malo es que la gente se duerma durante el sermón.

Cuando hables de Cristo, no repitas lo que has leído. Habla de ti y de Él, implícate en tus palabras, pon pasión. ¿Resulta provocador? Mejor que mejor.

(TOP01M)

¡Ponte en pie!

Me hace gracia. Hasta ayer, cuando contemplábamos al Niño Dios en un pesebre, parecía decirnos, desde allí: «Venid a mí». «Venite adoremus», cantábamos.

Pero, de un día para otro, el Niño nos ha crecido, camina y tiene barba. Y ahora ya no dice «Venid a mí» (aunque también se lo escucharemos), sino:

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.

Son momentos distintos que marcan a fuego la vida de un cristiano. Porque la oración es un «Venid a mí». Allí, como en Belén, encontramos descanso en la contemplación del más hermoso de los hijos de Adán. Pero poco nos aprovecharía la oración si no nos levantamos. Tras haberlo conocido y haber caído rendidos y enamorados a sus pies, el Niño se levanta y nos dice: «No te quedes ahí parado. Si me amas, ven conmigo».

Es la hora de dirigirnos con Él al Calvario, la hora de entregar la vida, la hora de hacer verdad el «Te quiero» que se escapó de nuestros labios junto al pesebre.

Vamos camino de la Semana Santa. Y entonces, desde la Cruz, Jesús volverá a gritarnos: «Venid a mí». Y el pesebre se fundirá con el madero. Todo estará consumado.

(TOP01L)

“Misterios de Navidad

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