Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Adviento – Espiritualidad digital

¡Mirad!

Dice el salmo: Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal 129, 7).

A Zacarías le cerró el ángel los labios porque no decía más que tonterías. La pena es que sólo le sucedió a él. Muchos otros hay a quienes les vendría bien el correctivo. Porque, en aquel silencio, Zacarías aprendió a tener vida interior. Y cuando, al fin, sus labios se abrieron, brotaron de ellos palabras de vida. En aquellos nueve meses fue gestado Juan en el vientre de Isabel y la sensatez en el alma de su esposo.

Juan es el centinela de la aurora, el que toca la corneta para despertar al pueblo y anunciarle la salida del sol. Y Zacarías es su profeta, el que presta sus labios a un hijo que aún no puede hablar.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Mirad allí, grita el centinela mientras señala al Oriente. Mirad la luz que despunta.

Mira el Belén, mira a la Virgen, mira a José. Esta noche saldrá el Sol.

(2412)

Maestros de escuela

Nos estamos volcando en las parroquias con las familias cristianas. Lo necesitan, porque vivimos tiempos de enorme confusión y debemos sembrar buena doctrina. Por eso organizamos, entre otras cosas, escuelas de padres. Tiene gracia que los padres vayan a la escuela. Quién se lo iba a decir.

Si pudiera, traería a Zacarías e Isabel como profesores en una escuela de padres. Nadie mejor que ellos puede enseñar a los matrimonios jóvenes el tesoro de la paternidad.

Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. He aquí la primera lección: El hijo es siempre una gran misericordia. No es un problema, ni una enfermedad, ni un intruso. Es una gran misericordia, un regalo de Dios, que deposita una vida en manos del matrimonio.

«¿Qué será este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. Segunda lección: El hijo no es un objeto propiedad de los padres. Es una criatura de Dios, llamada por Él a cumplir un plan. Y los padres deben arrodillarse ante ese plan, ayudar al hijo a descubrirlo y animarle a levarlo a cabo. Así serán santos y felices el hijo y los padres.

(2312)

“Misterios de Navidad

¡Qué bueno has sido conmigo!

Las palabras del Magnificat son el fruto de un silencio. Desde que el ángel se retiró, María quedó sumergida en una oración profunda. Mientras se palpaba el vientre, su corazón recorría las Escrituras, y se iba viendo a sí misma reflejada –o, mejor, anunciada– en Ana, la madre de Samuel; en la esposa del rey del salmo 44… Judit, Ester, Rut… Todas ellas están en el Magnificat. En ese tiempo de oración, María comprendió su propia vida y reconoció lo bueno que había sido Dios con ella. ¿Acaso no puede resumirse todo el canto diciendo «¡Qué bueno ha sido Dios conmigo!»?

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo.

¿Por qué no compones tu propio magnificat? Pide luces al Espíritu y repasa tu historia viendo en ella las maravillas de Dios. Aparca tus quejas hasta después de las fiestas (y si quedan aparcadas para siempre, mejor aún) y llénate de gratitud. Gracias por que me creaste, gracias por que me amas, gracias por mis padres, gracias por mi bautismo, gracias por la fe, gracias por los amigos, gracias ¡por los dolores!, gracias por lo bueno que has sido conmigo.

Ya estás preparado para recibir al Señor.

(2212)

“Misterios de Navidad

La épica del silencio

¿Qué esperaban los judíos del Mesías?

Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable, se detuvo y todo lo llenó de muerte (Sab 18, 14-16).

Eso esperaban: Un guerrero, un rey armado hasta los dientes que sembraría muerte y cataclismos hasta la victoria final. Pero no entendían que aquella guerra no se libraba con espadas de acero, y que aquella muerte sería la del propio Ungido. No entendieron la épica del silencio.

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

Por eso no lo reconocieron: porque llamó suavemente a puertas pequeñas, como María y José, y esas puertas se abrieron sin hacer ruido sobre los goznes de la obediencia.

No busques la Navidad en el ruido. Escucha la llamada silenciosa, confiesa tus pecados, ora, abre las puertas del corazón a María y a José. Entra en la épica del silencio, y deja el ruido para los del matasuegras.

(TAA04)

“Misterios de Navidad

Una mujer de rodillas

Una mujer de rodillas no es un militar en primer tiempo de saludo.

El militar recibe una orden. Se cuadra ante su superior y, a partir de ese momento, la misión queda en sus manos. Cuando esté cumplida, en primer tiempo de saludo dirá a su superior: «¡Sin novedad!».

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret. Llamamos a esta escena «anunciación». Y hay motivo para ello. Dios no está dando una orden a la Virgen; le está anunciando su plan de salvación. Será la Trinidad misma quien lo lleve a cabo. El Padre enviará al Espíritu a las entrañas de María, y el Espíritu dejará allí al Hijo encarnado. Después, ese Hijo redimirá la tierra y rescatará al hombre sepultado en el pecado y la muerte.

A la Virgen se le pide permiso. Sin ese permiso no habrá redención. Por eso no se cuadra como el soldado, sino que se postra enamorada: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Treinta y tres años más tarde, será el Hijo quien diga al Padre: Está cumplido (Jn 19, 30).

¿Te atreverás a decirle a Dios: «Haz lo que quieras conmigo»?

(2012)

“Misterios de Navidad

¿Cómo se recibe una palabra?

Faltan seis días para que escuchemos, en la misa de Navidad, la noticia que debería llenar de luz la tierra: La palabra se hizo carne (Jn 1, 14).

Seremos salvados por una palabra. Una palabra pronunciada por Dios desde siempre, su Hijo único, que se hará presente entre nosotros revestido de nuestra misma carne. Sólo se nos pide que lo recibamos: A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios (v. 12).

¿Cómo se recibe una palabra? Con el silencio. Si veo que estás a punto de hablar, y me importa lo que tienes que decirme, me callo y escucho con atención. Si Dios va a hablar, y va a hablar en voz baja, el mundo entero debería callar.

Te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda. Lo que Zacarías aprendió a la fuerza deberíamos nosotros ponerlo en práctica con alegría. Sé que son días de ruido, de mucho ruido. Por eso el mundo no puede recibir al Salvador. Pero buscad vosotros momentos generosos de silencio cada jornada, con la mirada puesta en el Belén y el alma abierta de par en par, para que podáis acoger esa Palabra que os salvará.

(1912)

“Misterios de Navidad

Lo que espero

JesúsEl nombre de Jesús no es casual.

Le pondrás por nombre Jesús.

Jesús es el mismo nombre que Josué, y Josué significa «Dios salva». Fue Josué quien introdujo al pueblo de Israel en la tierra prometida. Y viene Jesús a llevarnos a casa, a sacarnos del pecado y las tribulaciones de este mundo y devolvernos al hogar.

Llevo todo el Adviento preguntándome qué espero. Porque si no espero nada, salvo la enésima repetición de los ritos que cada año celebramos a finales de diciembre, entonces he perdido la esperanza y no hay, para mí, ni Adviento ni Navidad. Sólo aburrimiento y monotonía. Y trabajo.

La respuesta a esa pregunta brota sola, ni siquiera necesito pensarla. Espero ser rescatado. Necesito ser rescatado. Espero, por tanto, a un rescatador, que es lo mismo que un redentor.

Necesito ser rescatado de las urgencias de este mundo, de las preocupaciones, de las mentiras y, por supuesto, de los pecados, de las malas inclinaciones que hay en mí. Necesito ser rescatado del tiempo, el tiempo es una red que me atenaza y me arrastra. Y necesito, tras ser rescatado, que me lleven a casa. Con Jesús, José y María.

Eso espero. Ésa es mi esperanza.

(1812)

“Misterios de Navidad

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