El bautismo por inmersión

En Occidente apenas se bautiza por inmersión. Salvo, por ejemplo, en las comunidades neocatecumenales. Durante doce años estuve atendiendo a dos de esas comunidades, y les decía que me daba miedo bautizar por inmersión. Sumerges tres veces en la piscina al niño desnudito… ¿y si se me muere? Me respondieron: «¡Claro que se te muere! ¡Y resucita!». Son unos cracs estos cristianos.

Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!

A este bautismo se refiere Jesús. Y también cuando pregunta a Santiago y Juan si pueden ser bautizados con ese bautismo. Jesús debe sumergirse en la muerte por nosotros. Y salir de esas aguas resucitado para abrirnos las puertas del cielo.

Nuestra vida, unida a la suya, no deja de ser un enorme bautismo por inmersión. Con los sufrimientos, enfermedades, contrariedades y penitencias nos vamos sumergiendo en su Pasión. No reneguemos del dolor, ni del cansancio, ni de la contrariedad. Son las aguas que nos matan para darnos vida, es la Pasión de Cristo que nos va cubriendo de tinieblas para después abrirse y mostrarnos la puerta luminosa de la gloria. En medio de esas tinieblas, sus manos llagadas de Sacerdote nos sostienen.

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