Los acomodadores

Recuerdo cuando había acomodadores en el cine. Ahora en el cine no los hay, pero esperamos que quien nos quiera nos acomode. Amor y confort se han identificado peligrosamente.

Muchos piensan que los sacerdotes debemos hacer que la feligresía se sienta cómoda en la iglesia. La predicación, aparte de no aburrir, debe ser consoladora, relajante y reconfortante. Que el fiel se sienta bien.

¿Qué haremos, entonces, con las verdades incómodas? ¿Callamos, para no incomodar? ¿Sacrificamos la verdad en el altar de la comodidad?

Si tu hermano peca contra ti, repréndelo.

Pero reprender no es cómodo, ni para quien reprende, ni para el reprendido. La Iglesia debe acoger a todos, sin excepción. Pero eso no significa que todos deban sentirse cómodos. Además de acoger, hay que amar. Y no negar a nadie el don de la verdad, por incómoda que pueda resultar. Si digo que Dios es bueno, los feligreses sonríen. Si digo que no se debe comulgar en pecado mortal, se encrespan. Si hablo del amor, sonríen. Si digo que el adulterio es pecado, se levantan y se van.

Pero Dios no me pide que les dé la razón. Me pide que los ame. Y eso supone decirles la verdad.

(TOA23)