Déjalo marchar
Me encanta escucharlo, cada vez que acudo a confesar mis pecados: «El Señor ha perdonado tus pecados; vete en paz». Realmente me voy en paz.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Es importante el detalle de que lo dejase marchar. Es la forma de cerrar un capítulo, o de pasar una página. Asunto concluido, ya no me debes nada.
Es, sobre todo, la forma sana de perdonar. Porque nosotros, muchas veces, incluso cuando perdonamos –o decimos que perdonamos– no dejamos marchar al deudor, lo retenemos preso en nuestra cabecita y no paramos de dar vueltas a lo que nos hizo. «No, si yo lo perdono, ya lo he perdonado, pero cada vez que pienso en cómo me ha tratado es que me sube una cosa desde las tripas que no me deja vivir en paz». ¿Sabes cómo se llama eso? Si dices que lo has perdonado, no lo llamaré rencor. Me conformaré con decir resentimiento. Y no te hace bien.
No te pido que olvides, eso es estúpido. Te pido, por tu bien, que lo dejes marchar. Que rechaces como tentación esos pensamientos y reces por él. Así la herida curará mejor.
(TOP19J)











