No puedo evitar que el corazón se dispare en una queja cada vez que lo leo:
Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo.
Me alegro por Ti, porque al ir al Padre has escapado de la muerte. Pero yo quedo aquí, y no puedo verte.
Dejo que salga la queja, pero no le hago mucho caso. Pobre corazón nuestro. Él ha salido llagado del combate de la Cruz, como salió Jacob herido tras luchar contra Dios. Pero, si Tú no hubieras subido al Padre, no habitarías en lo profundo de mi alma por tu Espíritu. Pierde el corazón, pero gana, y gana mucho más, el alma, convertida en santuario.
Si me amarais… Por eso, porque te amo, el corazón herido se abraza al Crucifijo. Y, a través del Crucifijo, me llega esa paz que sólo Tú puede darme:
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.
Es la paz en la guerra. La alegría en el dolor. Tu presencia permanente y amorosa en nuestras soledades. La respuesta que recibe el corazón cuando se queja de que has subido al Padre.
(TP05M)

















