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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Religión y superstición

Seguimos hoy donde lo dejamos ayer. La diferencia entre religión y superstición es que la superstición, mediante ciertos sortilegios, busca una prosperidad material. Tal objeto que llevo en la cartera me dará suerte y me obtendrá dinero o salud. Todo queda ahí. La religión, en cambio, busca sobre todo la unión con Dios y la salvación del alma. Los milagros han existido y existen, y pertenecen al ámbito de la religión. Pero si el milagro quedara en la curación de una enfermedad o en el logro de un favor terreno, no podríamos distinguir a quien besa un crucifijo de quien lleva un amuleto.

No peques más, no sea que te ocurra algo peor. Se lo dice Jesús al paralítico curado por Él. «Yo he curado tus piernas, te he librado de una enfermedad. Pero eso no es nada, mañana enfermarás de nuevo y pasado mañana morirás. Quiero librarte de algo mucho peor que la muerte. Quiero librarte del Infierno. Por eso sanaré tu alma, no con el agua de la piscina, sino con el agua brotada de mi costado. Y, cuando lo haga, no peques más. Porque más te vale entrar cojo en el cielo que ir entero al Infierno».

(TC04M)

Milagros bien aprovechados

Hay milagros desaprovechados. Y la culpa no es de Dios. Porque el milagro, que es una alteración de las leyes naturales, siempre persigue una conversión del corazón. Y, mientras las leyes naturales obedecen a Dios, el corazón de un hombre libre es tan soberano que hasta al propio Dios puede desobedecer. Yo vi casi resucitar de la muerte a un joven que tenía cuatro hermanos, y ni el joven ni sus hermanos se convirtieron. Vi a un ateo venir a misa todos los días para pedir un favor a Dios y, cuando Dios le concedió lo que pedía, aquel hombre dejó de venir a la iglesia. Milagros desaprovechados.

Hay milagros muy bien aprovechados. Aquel centurión se acercó a Jesús para pedir la curación de su hijo. Y Jesús exclamó: Si no veis signos y prodigios, no creéis. Algunos no creerán aunque los vean. Pero aquel hombre, cuando supo que su hijo había sido curado a la misma hora en que el Señor le dijo: Anda, tu hijo vive, se conmovió en su interior y creyó él con toda su familia.

Tú recuerda, cuando Dios te conceda lo que pidas, que quiere darte algo mayor. Abre tu corazón a esa gracia.

(TC04L)

Ver es…

Si el milagro es una transgresión de las leyes de la Naturaleza provocada por Dios, aquel ciego fue beneficiado por un milagro cuando, siguiendo las indicaciones de Jesús, se lavó en la fuente de Siloé y sus ojos comenzaron a ver.

Pero si el milagro es signo de una gracia que escapa a la Naturaleza, habrá que situar el verdadero momento en que aquel hombre comenzó a ver más adelante.

«¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor».

Fue entonces cuando aquel hombre vio, iluminado por la fe, al Hijo de Dios.

Lo que ven nuestros ojos es nada. Hoy es, mañana no es. Todo cuanto vemos desaparecerá como el humo.

Ver es contemplar el cielo abierto en cada misa; mirar cómo la muerte se abre hacia lo eterno; distinguir cada momento de la vida como parte del camino al cielo; captar la presencia de Jesús a nuestro lado; sabernos cubiertos por la palma de Dios.

Quien no vea esto, aunque acierte con todas las letras en la plantilla del oculista, está ciego.

(TCA04)

Cuando vayas al médico…

Supón que vas al médico y, cuando te recibe, dices: «Doctor, estoy hecho un toro. Hago deporte cada día, tengo el colesterol a raya, no fumo ni bebo, y ni siquiera necesito levantarme por la noche para ir al baño». Te crees que el médico va a emocionarse, a llamar a los enfermeros y pedir un aplauso para ti. Pero el médico te mira con cara de aburrimiento y te dice: «Entonces, ¿para qué viene usted? Vuelva al gimnasio». En resumen: eres idiota.

¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El fariseo.

Detrás de ti entra otro paciente que se retuerce de dolor y tirita a causa de la fiebre alta. Y el médico se vuelca con él, pide que lo lleven al quirófano para una operación urgente, y le salva la vida.

¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador. El publicano.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Éste quedó curado y aquél no.

No hay nada más estúpido, créeme, que querer quedar bien con el confesor.

(TC03S)

El ayuno de un hombre enamorado

Abrochaos los cinturones, que va un latinajo de teólogos: «Caritas forma virtutum». Lo cual significa que la caridad es la forma de todas las virtudes. Lo cual significa… el evangelio de hoy. Aterrizamos:

El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Si, ante la pregunta por el mandamiento más importante, Jesús hubiera respondido que el más importante es ayunar o entregar el diezmo, la religión sería un fastidio permanente a la espera de recompensa. Porque a nadie le hace feliz ayunar o privarse de dinero.

El hombre encuentra la felicidad en el amor, y la bienaventuranza en el Amor. Si lo más importante es amar, eso significa que Dios nos quiere dichosos y enamorados. No temas obedecerle, acércate más a Cristo hasta que te enamores, hasta que se te derrita el corazón dentro del pecho. Y entonces tus ayunos y limosnas serán expresión de ese amor. El ayuno de un hombre enamorado es un ayuno feliz.

Eso quiere decir «Caritas forma virtutum».

(TC03V)

Los que no escuchan

¿No os produce fastidio hablar a quien no os escucha? Sobre todo, si estáis hablando de algo que os importa, algo en lo que creéis, algo de lo que estáis enamorados. No podéis imaginar lo que siente el sacerdote cuando está predicando las maravillas del corazón de Cristo y ve a los feligreses mirando el reloj, consultando el móvil o bostezando. Uno piensa: «¿Para qué hablo? Esto no les importa en absoluto. Pero ¿cómo es posible que no les importe? ¿Cómo puede no importarles el Amor de Dios? ¿En qué piensan? ¿Para qué viven?»

Pero no escucharon ni hicieron caso. Me dieron la espalda y no la cara (Jer 7, 24-26). Más difícil todavía es imaginar el disgusto de Dios ante la indiferencia de su pueblo. Y cuando, en su infinita paciencia, decidió enviar a su Palabra al mundo, los hombres dijeron: Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios. Fue rechazado y reducido al silencio en la Cruz.

Ojalá escuchéis hoy su voz (Sal 94). Acoged a Cristo dentro del alma, paladead en el corazón los santos evangelios. No obréis como los necios que miran el móvil durante el sermón, que es Dios quien habla.

(TC03J)

La plenitud de la Ley

Cuando Yahweh dio su ley a Moisés, firmo un pacto, una alianza con los hebreos, y se comprometió con ellos. Si el pueblo guardaba los preceptos del Señor, Dios sería fiel a su promesa: Que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar (Dt 4, 1). Se trataba de una promesa de prosperidad material. Ésa es, en el Antiguo Testamento, la recompensa del justo: una vida larga, multitud de hijos y multitud de riquezas.

Pero cuando el Hijo de Dios viene a la tierra dice sobre la ley de Moisés: No he venido a abolir, sino a dar plenitud. ¿Cuál es esa plenitud?

Toda la ley se resumía en el amor a Dios y al prójimo. En su Pasión, Cristo llevó ese amor hasta el extremo (Jn 13, 1), hasta la entrega de la propia vida.

Pero el premio no es el esperado. Jesús no triunfa en esta vida, muere joven, pobre y despojado de todo. ¿Qué puede esperar un cristiano, entonces, en esta tierra? Compartir su cruz.

El premio también ha sido llevado a plenitud. Cristo reina sobre los cielos, y el cristiano recibe vida eterna.

(TC03X)

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