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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

La llama que nos llevará al cielo

Los bancos de mi iglesia no pecan, pero tampoco aman. Son útiles para esta vida, pero no están invitados al cielo. Simón Pedro negó tres veces a Jesús, pero lo amaba con locura. Tiene las llaves del cielo.

Preocúpate, sobre todo, de vivir en gracia y amar a Cristo. Ora ante el sagrario, medita los evangelios, confiesa con frecuencia y comulga con fervor. Hasta que te enamores del todo.

Quizá entonces sigas pecando, aunque te dolerá mucho más.

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. Las diez vírgenes se durmieron. Pero ninguna fue excluida del banquete por dormirse. Os aseguro que no serán nuestros pecados los que nos impidan ir al cielo.

Las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. Por pecadores que seamos, hay una llama que nos abrirá las puertas del cielo. Si esa llama está encendida cuando llegue el Esposo, seremos recibidos en el banquete. Si está apagada, quedaremos fuera.

En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor (1Co 13, 13). Ésa es la llama, encendida en nuestros corazones por la gracia santificante. Quien vive en Amor morirá en Amor.

(TOA32)

La importancia de las cosas sin importancia

El terrible pecado del rey David comenzó por una siesta a destiempo. Y la santidad de mi querida Marta comenzaba por una mesa bien puesta y una cubertería limpia para Jesús. Tanto los pecados como la santidad tienen su grano de mostaza.

El que es fiel en lo poco también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco también en lo mucho es injusto.

Cuando hay amor, no existe nada que no tenga importancia. Comenté a mis feligreses cómo una mujer se dio cuenta de que su marido la había dejado de amar cuando comenzó a comprarle los regalos de aniversario en tiendas de «todo a un euro». En el locutorio de unas religiosas de clausura me confesaba una monja sus deseos de martirio. Y la priora, entre risas, me dijo: «Quiere ser mártir, pero no quiere fregar los platos del desayuno».

Levantarse de la cama a su hora. Detenerse a las doce en punto para rezar el Ángelus. Tener la habitación ordenada. Cuidar el aseo personal. Ser puntual en las citas. Llegar pronto a misa… ¿Crees que son cosas sin importancia? Pues te diré que en esas «cosas sin importancia» se fraguan las grandes santidades.

(TOP31S)

Tu Casa es mi Casa

En mi pueblo hay varias personas que viven en la calle. Duermen bajo un puente, o en el camarín de un cajero automático, o sobre un banco del parque. Desde Cáritas parroquial les hemos ofrecido albergues… pero no quieren. Quieren vivir así. Cuesta entenderlo, sólo puede deberse a una patología del comportamiento. Porque el ser humano necesita un hogar, una puerta tras la cual uno se sepa en casa y se sienta seguro.

¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Fijaos en este personaje. No sólo se va a quedar sin trabajo; teme quedarse en la calle.

Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Ahí lo tenéis: está buscando una casa.

Realmente, es como nosotros. Como él, nos sentimos huérfanos y forasteros en este mundo, y procuramos hacernos amigos del Señor para que nos reciba en Casa.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida (Sal 26, 4). Porque, para los amigos de Jesús, su Casa es nuestra Casa: el cielo.

(TOP31V)

Almendras, monedas, ovejas y almas

Lo de la señora buscando la moneda siempre me ha hecho gracia.

¿Qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra?

A mí me pasa con los frutos secos. Cuando, después de cenar, me entrego al vicio de las almendras, si se me cae una detengo el televisor y me pongo a buscarla, remuevo el cojín de la butaca, me agacho y palpo la alfombre, meto la mano debajo del sofá, y no paro hasta que la encuentro.

Pero esta mujer busca algo más valioso. Con una moneda puedes comprar muchas almendras. Por eso, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido».

Esa alegría es nada en comparación con la que llena el corazón de Cristo en el cielo cada vez que llega allí uno de los suyos. En ocasiones, mientras nosotros lloramos a los muertos, en el cielo hay una fiesta. Fiesta para el Pastor, que recuperó a su oveja. Fiesta para el difunto, que llegó a Casa. Nuestras lágrimas deberían llenarse de esperanza.

(TOI31J)

El verso suelto no hace poema

Llaman libertad al desarraigo. Rompen los vínculos, se desentienden de todo el mundo, desprecian cualquier autoridad, hacen lo que les viene en gana, y dicen: «Voy por libre». Soy un «verso suelto». Como si uno de los violines de una orquesta olvidara la partitura y a sus compañeros, e improvisara una melodía que nada tiene que ver con el concierto. Olvidan que quien «va por libre» acaba esclavo de su capricho. Y que el «verso suelto» no hace poema sin los demás.

Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. El propio Jesús rompió con su madre y sus hermanos, abandonó su pueblo y emprendió el camino marcado por su Padre. Pero no se desentendió de ellos. Rompió los vínculos de la carne y amó a los suyos con Amor divino. Se entregó en la Cruz por sus hermanos y su madre se asoció a esa ofrenda junto al Leño.

Recuérdalo, y ojalá lo entiendas. No estamos llamados a amar menos, sino a amar mejor. Aunque a veces duela.

(TOP31X)

Poca hambre y mucho que hacer

Muchos piensan que el juicio particular consiste en que, tras la muerte, te encuentras al Señor sentado en una mesa con un montón de papeles. Allí figuran tus pecados y tus méritos. Tú te echas a temblar. Y el Señor se pone las gafas, repasa los papeles y te dice: «Un cinco y medio. Te salvas de milagro». Entonces respiras aliviado y pasas al cielo de los mediocres, que siempre será mejor que el infierno.

No lo piensan así, pero en el fondo lo piensan.

Pero no es así.

Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente. El cielo es un banquete, y tú estás convidado. ¿Entrarás o no?

Empezaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dis­pénsame, por favor».

Es el problema de los ricos: Tienen poca hambre y mucho que hacer.

Tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.

Es la ventaja de los pobres: Tienen mucha hambre y poco que hacer.

No serán tus pecados los que te impidan salvarte, sino el estar tan saciado de tierra y con tan poca hambre de Dios. Ojalá mueras hambriento de cielo.

(TOP31M)

Una muerte santa

Quienes rezáis la Liturgia de las Horas conocéis esta súplica que pone fin a la oración de Completas:

«El Señor nos conceda una noche tranquila y una muerte santa».

Esa oración nos recuerda cada noche que el sueño es una preparación para la muerte. Quien se entrega al descanso nocturno habiendo pedido perdón a Dios por sus faltas para después recitar los salmos del Salterio dormirá bien y morirá mejor. Y si, tras apagar las luces, desgrana en la cama las cuentas del rosario, la misma Virgen que lo acuna hasta que duerme lo hará despertar un día ante el rostro dulcísimo de su Hijo Jesús.

La muerte es fea, es hija del pecado y nieta de Demonio. Pero, en la Cruz, Cristo ha convertido la muerte en sueño y el cielo en día. Ésa es la «muerte santa»: la de quien se duerme en el Señor.

Cuando rezo ante un difunto, no puedo decir que está en el cielo; no lo sé. Pero si sé que ese difunto ha recibido los santos sacramentos, puedo decir que se ha ido al cielo, aunque le quede un camino de purificación por recorrer.

Vivid en gracia. Dormid en gracia. Iréis al cielo.

(0211)

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