Por eso no envidio a los ángeles

De los ángeles podría envidiar (santamente) su claridad en el conocimiento de Dios. Y su confirmación en el «sí» que sólo necesitaron pronunciar una vez. Y su gozo espiritual. Y su alabanza perpetua. Y más cosas…

Pero hay una, sólo una por la que no los envidio, y por ella me alegro de ser hombre, con todos los peligros y angustias que conlleva:

Daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

El ángel no tiene carne. No puede besar a la Virgen, como yo sueño poder hacer algún día, ni abrazar a Cristo como espero abrazarlo yo cuando mi pobre cuerpo haya resucitado.

¿Tenéis ahí algo de comer? El ángel no puede comer ni beber. Y a Jesús y a mí nos gusta comer y beber. Y ahora, mientras tú lees estas líneas, yo estaré realizando mis ejercicios espirituales. Y son tan espirituales mis ejercicios que los paso esperando un momento que no siempre llega, pero que algunos años irrumpe como una bendición: el momento en que, por sorpresa, en la cena nos ponen cerveza y tortilla de patatas.

Así de espiritual. Así de carnal. Por eso no envidio a los ángeles.

(TP01J)