El leproso y la viejecita
En la primera parroquia que me asignaron, allá por el siglo pasado, había una viejecita que, nada más entrar en la iglesia, ignoraba el sagrario y se dirigía, como una flecha, a la imagen del Sagrado Corazón que había en un lateral del templo. Levantaba la mano, acariciaba los pies de la imagen y se la comía a besos. El párroco se enfadaba, porque la imagen se deterioraba con tanto manoseo. Y decidió levantarla un palmo, lejos del alcance de la devota. ¡Teníais que haberla visto a la pobre, intentando ponerse de puntillas para tocar aquellos pies!
Algunos dirán que hay que educar al pueblo, que el sagrario es mucho más importante que cualquier imagen… Quizá tengan razón. Pero entiendo a la viejecita. En su sencillez, sólo sabe amar a Jesús como ama a sus nietos: tocándolo.
Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». ¿Era necesario que lo tocase? Para curarlo, no era necesario. Pero aquel hombre necesitaba sentir que era amado. Y, para eso, las manos hablan.
Con todo, hay un toque aún más excelso. Bienaventurado aquél que es tocado por Cristo en el mismo hondón del alma. Eso es el cielo en la tierra.
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