Tú lo tienes todo; yo no tengo nada. Tú has resucitado; yo no paro de moquear. Tú eres la luz y habitas en la luz; yo te sigo buscando en las tinieblas. Tú estás sentado a la derecha del Padre; yo sigo renqueando en el camino a Casa. Y hoy, que vienes a mí y me llamas desde la orilla, esa orilla a la que tanto anhelo llegar, no tienes otra ocurrencia que decirme:
Muchachos, ¿tenéis pescado?
¡Me pides Tú a mí! Y te me acercas como un pedigüeño, como si fueras tú el que necesitas de mí.
No hay duda, eres Tú. Sigues fiel a tus costumbres. Sacaste agua de una roca para dar de beber a todo un pueblo, y te dirigiste a una mujer samaritana para pedirle agua de un pozo. Alimentaste a los hebreos con el maná, y le pediste cinco panes a un niño.
Eres Tú, sin duda. Y está claro que nada necesitas de mí. Pero me pides limosna porque sabes que mi felicidad consiste en darte cuanto tengo y cuanto soy.
¡Cómo voy a negarte nada, cuando sé que Tú mismo me darás lo que me pides!
Vamos, almorzad.
¡Qué alegría! ¡Eres Tú!
(TP01V)











