Quizá ayer pensasteis que el comentario al evangelio era un galimatías. No he subido, pero subo; vengo, pero me voy; estoy, pero no me quedo… Son trabalenguas de borracho. Porque en este domingo, como en Pentecostés, la Iglesia está borracha.
Y, con permiso de la ebriedad, tratará la lengua de explicarlo mejor. El Hijo de Dios no ha venido a la tierra para quedarse donde estamos nosotros, sino para tomarnos y llevarnos a nosotros al cielo, donde Él está. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria (Jn 17, 24).
Les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras… Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. La Escritura y la fracción del pan, presentes en la Eucaristía, son ventanas abiertas al cielo. Y aunque tus ojos, como los de aquellos dos discípulos, no distinguen el rostro del Señor mientras caminas, al sentarte con Él a la mesa del altar, escuchar la Palabra y recibir su cuerpo, el alma se ilumina por la fe y lo reconoces. Entonces te das cuenta de que, durante la Misa, estás en el cielo.
(TP01X)











