La enseñanza de Jesús no dejó indiferente a nadie. Mientras algunos lo escuchaban encandilados, otros se indignaban y salían enfurecidos. Desde luego, nada que ver con las prédicas de los escribas de la época.
Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
Las diferencias eran inmensas. Los escribas desaparecían entre los rollos que leían; Cristo no necesitaba rollos, Él mismo era el origen de su discurso. En Él, su propia persona era más importante que sus palabras, porque entregaba jirones de su alma en cada frase. Nadie recuerda el nombre de aquellos escribas. Pero al nombre de Jesús toda rodilla se dobla.
También es verdad que, ante la enseñanza de aquellos maestros, nadie se levantaba encrespado y abandonaba la asamblea. A Jesús, sin embargo, lo mataron a causa de sus palabras. ¿Es verdaderamente una mala señal que un feligrés abandone la Misa a mitad de la homilía, indignado por las palabras del sacerdote? No necesariamente. Lo malo es que la gente se duerma durante el sermón.
Cuando hables de Cristo, no repitas lo que has leído. Habla de ti y de Él, implícate en tus palabras, pon pasión. ¿Resulta provocador? Mejor que mejor.
(TOP01M)











