Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

29 noviembre, 2025 – Espiritualidad digital

¿Estamos preparados?

Ayer terminaba el tiempo ordinario con una exhortación: Estad preparados. Y comienza hoy el Adviento con la misma advertencia: Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Ya lo he escrito en alguna otra ocasión: Creo que la hora en que menos pensemos es ésta. En Occidente ya nadie piensa, vivimos bajo una nube espesa de sentimentalismo tóxico que ha anulado nuestros cerebros y nos ha puesto en manos de quienes controlan las emociones. Por eso pienso que el Señor debería estar al llegar.

¿Estamos preparados?

Para mucha gente, el comienzo del Adviento es una invitación a mirar hacia delante en el calendario, al 25 de diciembre, e ir encendiendo las luces navideñas. Pero se equivocan. Nada apunta, en la liturgia de hoy, al 25 de diciembre; ese anuncio llegará más tarde. Ahora no se nos invita a mirar hacia delante, sino hacia arriba. De lo alto vendrá el Señor.

Deberíamos estar recogidos, vueltos los ojos hacia el cielo, subidos al Monte Sion, ese lugar del centro del alma donde casi se toca a Dios. Allí, en oración permanente, debemos esperar a Cristo, que viene por encima de las tinieblas del mundo.

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El drama existencial de la albóndiga

Me gustan las albóndigas, pero sólo para comerlas. No quiero ser una albóndiga. Y cuando veo a un cristiano hecho una albóndiga me da mucha pena. Se repliega sobre sí mismo, se hace una pelota y se sumerge en la salsa de sus propias lágrimas mientras entona el Ay de mí, Ay de mí, cuánto sufro y qué poquito caso me hacen. Eso es ser una albóndiga. Mejor comer albóndigas.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida. También podría Jesús haberlo dicho al revés. Porque las inquietudes de la vida, las preocupaciones y sufrimientos llevan a muchos a refugiarse en los falsos placeres. Albóndigas en salsa picante de mentiras.

El Crucifijo es lo contrario de una albóndiga. Está estirado, extendido, alzada la mirada al Padre, abiertos los brazos y clavados los pies en el madero del dolor.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre. Así nos quiere el Señor. ¡En pie! Con los ojos en el cielo, los pies en la tierra y los brazos abiertos. Sursum corda!

(TOI34S)

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