Al paso de Jesús, aquella mujer tuvo una intuición poderosa:
Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.
Podría pensarse que aquellas palabras fueron inspiradas por el Espíritu, como las de Isabel ante la visita de María. Pero ya he escrito alguna vez que tengo mis dudas. También podría ser que aquella mujer, al ver a Jesús, sintiera una «santa envidia» de la Virgen. ¡Qué suerte tiene la madre de este joven! Ojalá hubiera tenido yo un hijo así, y no el gaznápiro que tengo holgazaneando en casa con treinta y nueve años.
¡Quién sabe!
El caso es que unas palabras muy parecidas podrían dirigírnoslas a nosotros los patriarcas, profetas y reyes de la Antigua Alianza cada vez que nos vieran comulgar.
«¡Bienaventurados vuestros cuerpos, que son bendecidos con la presencia del Dios altísimo!»
No sé si nos damos cuenta del inmenso privilegio que supone una sola comunión. Por ella, nuestros cuerpos, al igual que el de la santísima Virgen, se convierten en morada de Dios.
Si nos diéramos cuenta, veneraríamos nuestros cuerpos, los trataríamos como a un templo, y los conservaríamos castos, dignos de la inmensa gloria con que son bendecidos cada vez que comulgamos.
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