Señor de la vida, Señor de la muerte

«Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid, adoradlo».

Mirad, antes de que lo retiren, ese cuerpo muerto que cuelga del Madero. Es sobrecogedor el modo en que, como cordero llevado al matadero, se ha dejado arrebatar cuanto tenía: la salud, la piel, el prestigio, las vestiduras y la misma vida. Ni una queja, ni un reproche. Se dejará incluso traspasar por la lanza para que se vierta hasta la última gota de su sangre.

Y, sin embargo, es Señor de principio a fin. En Getsemaní permanecerá de pie mientras caen por tierra sus captores. Ante Pilato, será Él quien interrogue al procurador. ¿Dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí? Colgado del Leño, entregará su reino a un ladrón crucificado con Él. Y llegada su hora, morirá como quien se entrega al sueño. Él hará oscurecerse el sol desde sexta hasta nona. Él hará temblar la tierra al morir. Él reina desde la Cruz.

Su majestad sobre el cielo y la tierra (Sal 148, 13).

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

(VSTO)