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Espiritualidad digital – Página 6 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Él es, yo no soy

Pensábamos que se había marchado, y aquí lo tenemos de vuelta. Juan Bautista, el profeta del Adviento, es también el Heraldo en Navidad. Él es el dedo que señala al Mesías:

Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».

Es importante anotar que estas palabras figuran en el evangelio según san Juan. Porque, en ese evangelio, Jesús se referirá a sí mismo repetidas veces con las palabras que escuchó Moisés ante la zarza: «Yo soy». Es una declaración velada de su divinidad.

Juan, sin embargo, dice: «Yo no soy». Él es, yo no soy. En otras palabras: Él es Dios; yo, sin Él, no soy nada.

Recordémoslo, porque ni tú ni yo somos el Mesías. Somos unos pobres hombres que apenas podemos hacer un poco de bien a unas pocas personas. Y que tantas veces, queriendo arreglar algo, lo estropeamos todo.

No te empeñes en salvar a nadie, que no puedes. Ni siquiera puedes salvarte a ti mismo. Haz lo que el Bautista: habla de Jesús, señálalo, muéstralo a los hombres para que acudan a Él y Él los salve. Él es.

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“Misterios de Navidad

El Niño Jesús que yo quiero

No lo venden en las tiendas, ni está en las galerías del arte, pero yo quisiera un Niño Jesús con moquitos. Cuando lo digo no me toman en serio, pero va en serio. Y una Virgen que le limpie los moquitos, y que sería la primera Verónica. Lágrimas ante Jerusalén, sangre en la Cruz, moquitos en el pesebre. No hay tanta diferencia, es un rostro que destila humanidad.

Porque Aristóteles pensó en un Dios omnipotente y creador de todo a quien no le importamos un pimiento. Ese Dios no viene con moquitos, ni necesita quien se los limpie. Ese Dios tampoco llora ni sangra.

Pero la Virgen tuvo en brazos a un Dios con moquitos. Y su inmaculado corazón se estremeció en un vértigo de asombro ante la fragilidad del Altísimo convertido en bebé.

Los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. ¿Qué hacía la Virgen? Lo que hace cualquier madre con su bebé: arroparlo, protegerlo, limpiarlo. Y, a su tiempo, cambiarle los pañales a Dios.

¿No es para morir de gozo y de asombro el modo en que un Dios amante se ha puesto en nuestras manos?

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“Misterios de Navidad

El Verbo inefable

Filósofos y teólogos han escrito muchas páginas sobre el empleo por parte de san Juan de la palabra griega «Logos». En español lo traducimos «Verbo».

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Pero, si quisiéramos resumir, diríamos que san Juan lo llama «Verbo» porque en Él nos habla Dios.

Has leído en los evangelios los discursos de Jesús, y conoces cada una de sus palabras. Pero Juan no se refiere a eso. Eso son los verbos del Verbo. El Verbo es Él. Él es la Palabra que te está diciendo Dios. Es niño, aún no habla, pero Él mismo es una palabra, una palabra que te dice Dios.

¿Y qué te dice? Si pudiera expresarse en lenguaje humano, Dios te habría escrito un libro. Y te lo escribió. Pero, cuando quiso decirte todo, te envió a su Verbo.

Lo siento, no te lo puedo resumir. Ni tampoco podrás tú cuando lo entiendas. Míralo, mira al Niño Dios y déjalo entrar, mira también al Crucifijo y escucha.

Y no me insistas en que te lo explique. Porque me obligarías a decir que es un «te quiero». Pero es mucho más.

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“Misterios de Navidad

Una beata

Dije: «Me ha salido una beata», y me miraron entre estupendos y ojipláticos. No sabían que una beata es una herida que sale en la rodilla, normalmente a causa de haber estado arrodillado en mala postura. Para ellos, una beata es una señora que se pasa el día en el templo.

Como Ana: No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Ana era viuda, y seguramente Dios la había llamado a vivir así. Gracias a su «beatitud», vio al Mesías.

Pero si una esposa, o una madre de familia, pasara el día en la iglesia, yo no la llamaría «beata», que es casi santa, sino que le diría (y le digo) que está huyendo de la santidad. Porque la santidad se forja en el hogar y en la calle. En el templo se reponen fuerzas, en el hogar y en la calle se entrega la vida. La santidad es entrega de la vida.

¿Quieres imitar a Ana? No salgas del templo. Pero recuerda que el templo es tu alma. Vive con recogimiento, mantén la presencia de Dios. Y, con la paz del niño en brazos de su Padre, déjate comer por los demás.

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“Misterios de Navidad

La alegría indestructible

Hay alegrías escurridizas, tan frágiles como una pompa de jabón que se desvanece apenas la tocas. Te encuentras bien, has dormido bien, el sol brilla en el cielo y estás a bien con todo el mundo. Hasta que caen unas gotas de lluvia, te empieza a doler la rodilla y un ser querido se enfada contigo. Se acabó.

Y hay una alegría, la verdadera, que, cuando llega, llega para quedarse. Resiste al tiempo y a las enfermedades, a la soledad, a los ultrajes y a la misma muerte, porque es una alegría de cielo, y en el cielo no fabrican nada que obligue a llevar en la caja la etiqueta de «frágil».

Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción. Gozan, mirando al Niño, la Virgen y Simeón. Ambos se saben bendecidos y amados por Dios. Pero también saben que ese niño traerá dolor a su madre y a quienes lo amen, que será signo de contradicción, que a nadie dejará indiferente y que el corazón de la Virgen será traspasado por la espada.

Ellos sonríen. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31).

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“Misterios de Navidad

El cielo estuvo en Egipto

Sé que la fiesta de la Sagrada Familia es la ocasión perfecta para la reivindicación, para la protesta, para la denuncia de todos los desmanes con que nuestra sociedad occidental está atacando a la familia y tratando de destruirla. Todo eso lo sé, y en ocasiones yo mismo he aprovechado la ocasión para poner el grito, no en el cielo, sino en la tierra. Pero, qué queréis que os diga, este año no me apetece nada. Más me apetece disfrutar de lo bueno que lanzar piedras a lo malo.

Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Vivimos en Egipto, en la sociedad del pecado y la esclavitud. Pero, durante años, el cielo estuvo en Egipto, porque allí plantó Dios su tienda, en la que vivieron Jesús, María y José. Dichoso quien habita en esa tienda. Aun en medio de las peores dificultades, quien allí vive vive en el cielo, rodeado de amor humano y divino.

Egipto necesita santos. Necesita personas felices mucho más que apologetas indignados. Necesita calor de cielo, sonrisas de ángeles. Creedme: lo mejor que podemos los cristianos hacer por la familia es plantar en Egipto la tienda de Jesús, María y José.

(SDAFAMA)

“Misterios de Navidad

Ver, creer, besar

Me encanta cómo besan los niños la imagen del Niño Dios al terminar la misa. Es verdad que me lo dejan perdidito de babas, pero cuánta naturalidad hay en esos besos infantiles. Papá o mamá, que los traen en brazos, dejan en los pies de Jesús un beso contenido. Y luego dicen al pequeño: «Dale un beso al Niño Jesús». Y el niño se lanza sin miedo a besar como besa a sus padres. ¡Qué sería de los niños sin las imágenes! Un pequeñín no puede entender a un Dios invisible, pero disfruta contemplando el Belén.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Eso mismo hace el niño: ve y cree. Ve con sus ojitos la imagen de Jesús y besa como quien realiza el más conmovedor acto de fe.

Hasta que el Hijo de Dios vino a la tierra, hacer imágenes del Altísimo era un pecado. Pero la vida eterna que estaba junto al Padre se nos manifestó (1Jn 1, 2). El Hijo se dio la vuelta, nos miró y se dejó ver. Por eso la Navidad es de los niños, por eso en Navidad se reza con los ojos.

(2712)

“Misterios de Navidad

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