Ese camino de espaldas al Camino

En cada misa, antes de comulgar, pronuncia en secreto el sacerdote una preciosa oración que concluye suplicando: «Jamás permitas que me separe de ti». Tras más de treinta años de sacerdocio, me siguen emocionando estas palabras cada día.

San Pablo asegura que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8, 38-39). Yo añadiría que ni siquiera nuestros pecados podrán apartarnos de Aquél a quien amamos, pues nos moverán a contrición y nos conducirán al sacramento del Perdón, donde recibiremos su abrazo.

Entonces, ¿qué podrá apartarnos del amor de Dios?

El desamor.

Judas.

¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!

Judas no amaba a Cristo. Estaba junto a Él y, sin embargo, vivía a sus espaldas, robaba a escondidas y traicionaba en secreto. Simón lo negó a cielo abierto, Judas lo entregó en voz baja.

La vida sin Cristo es el infierno. No podemos saber si Judas terminó allí. Pero sabemos a dónde conduce ese camino de espaldas al Camino.

(XTO)