Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Página 14 – Espiritualidad digital

Primero tu alma

«Primero tu alma; después, tu matrimonio». Se lo digo muchas veces a parejas que acuden a terapias para solucionar sus problemas conyugales. Y es bueno que acudan, si lo necesitan. Pero si las almas no están sanas, la terapia queda en una capa de pintura sobre un muro podrido.

Nos sucede lo mismo con la parábola de la levadura. Quisiéramos que se cumpliera en el mundo, que los cristianos fuésemos esa levadura que hiciera fermentar la tierra en Amor de Dios. Pero si no se ha cumplido esa parábola en nosotros, ¿cómo podremos cambiar a otros?

El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. No pienses ahora en el mundo. Piensa en ti. Y contempla cómo la Iglesia deposita en tu alma esa levadura que es Cristo. En cada comunión, en cada minuto de escucha de la palabra, en cada absolución sacramental… La oración, la confesión, la misa comienzan cuando terminan. Cuando sales del templo es cuando debes procurar que la levadura fermente; que Cristo invada tu pensamiento, tus afectos, tus palabras, tus obras, tu sonrisa…

Sólo así podrás ser tú levadura en el mundo.

(TOI17L)

Jesús de lejos, Jesús de cerca

Perdonad que vuelva a hablar de la horrorosa megafonía de mi parroquia. Me acuerdo del papa Francisco, porque llevo casi un año predicando para las periferias. Es un efecto curioso: los de cerca no oyen nada, sólo el eco; los del último banco, sin embargo, se enteran de todo. Quizá tenga que ser así. A menudo, los de los últimos bancos son los más necesitados de predicación.

Es que mi parroquia no es normal. Lo normal es al revés: que los de cerca se enteren de todo y los de lejos pierdan el sonido. Así le sucedía también al Señor:

A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.

Quienes eran meros «oyentes» del discurso no se enteraban de las parábolas. Eran los de cerca, los apóstoles, quienes entendieron, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15, 15).

A cambio, a los de lejos Jesús les curo a los enfermos y les multiplicó los panes. Los de cerca pasaron hambre y murieron mártires. Porque Jesús, si estás lejos, te salpica. Si estás cerca, te quema.

Tú eliges. Pero elige con cuidado.

(TOI16J)

Nos gusta el ruido

¡Cómo nos gusta el ruido! Me dicen: «Padre, vamos a tomar un vuelo a Italia para visitar el lugar de un milagro eucarístico». Y respondo: «No os gastéis dinero. Si queréis presenciar un milagro eucarístico, venid esta tarde a misa de ocho. ¿Acaso os parece poco milagro que un pedazo de pan se convierta en el cuerpo de Cristo?» Pero, claro, en misa de ocho el milagro no hace ruido. Y nos gusta el ruido; nos emociona, y nos gusta emocionarnos.

Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Jonás no parecía un enviado de Dios. Y no hizo ningún milagro. No armó ruido. Al revés, se sumergió durante tres días en el silencio del vientre de una ballena. Pero los ninivitas creyeron.

Así está Jesús en el sagrario. Me hace gracia que me pidan que lo exponga en la custodia todo el rato. ¿Es que no lo reconocéis callado en el tabernáculo, como Jonás en el vientre de la ballena? ¿O es que os gusta el ruido? Lo expongo los jueves. Si lo expusiera todo el rato, no tendría gracia.

Ojalá aprendáis a amar al Dios callado.

(TOI16L)

Víctima de ti mismo

Nunca estás contento. Buscas cariño en las criaturas y, cuando te lo dan, todo son quejas. No te quieren como te gustaría que te quisieran, no te tratan como te gustaría que te trataran, no te atienden como te gustaría que te atendieran…

Si lo deseas, puedes seguir haciéndote la víctima, aunque con ello sólo te hagas más daño a ti mismo. Pero lo cierto es que no tienes nada de víctima. Más aún –y te lo digo con cariño– te has convertido en un pequeño tirano. Exiges a los hombres lo que sólo Dios puede darte.

¿Quién te crees que son? Son unos pobres pecadores, como tú. Te dan lo que tienen: un amor imperfecto, enfermo y herido. Como el tuyo.

Mira lo que recibió Cristo de los hombres: Los fariseos no aceptaron su divinidad y planearon el modo de acabar con Jesús. En cuanto a los enfermos, muchos lo siguieron y él los curó a todos. Pero lo seguían por interés, porque estaban enfermos y buscaban en sus manos la salud. Por último, los apóstoles lo amaron, pero su amor imperfecto no les permitió acompañarlo en la Cruz. Lo dejaron sólo.

¿Vas a ser tú más que Él?

(TOI15S)

El Inocente

Si algo deja claro la Escritura es que, después de la caída de nuestros primeros padres, no hay hombre libre de pecado. Heredamos la culpa desde nuestra concepción: Pecador me concibió mi madre (Sal 50, 7). En otro lugar, hablando de los hombres, dice: No hay uno que obre el bien, ni uno solo (Sal 13, 3). El propio Jesús dijo al joven rico: Nadie es bueno, sino sólo Dios (Lc 18, 19). Y, en otro momento: Si vosotros, que sois malos… (Lc 11,13).

Esta ristra de citas, y otras muchas que dejo fuera, la traigo para que nos sorprendamos ante las palabras que Cristo dirige hoy a los fariseos: Si comprendierais lo que significa «quiero misericordia y no sacrificio», no condenaríais a los inocentes.

¿Qué inocentes? ¿Acaso queda alguien libre de culpa?

Sí. Él mismo.

Frente a los fariseos, y en un campo de trigo, anuncio de su cuerpo entregado, Cristo está profetizando su propia Pasión. Este diálogo es un adelanto del proceso que sufrió en el Sanedrín. Ahí están los hijos del Satán (el «acusador») acusando al Hijo de Dios. Y ahí está Cristo ofreciendo al Padre su sacrificio de misericordia.

Es viernes. Medita la Pasión del Señor.

(TOI15V)

El yugo suave

¿Te has fijado en cómo el sacerdote, al ofrecer durante la Misa pan y vino, vierte una gota de agua en el cáliz? ¿Sabes lo que le sucede a esa minúscula gota de agua? Que queda absorbida por el vino y en vino convertida. Así sucede al cristiano que vierte su vida en la vida de Cristo: queda convertido en otro Cristo. Y lo mismo podemos decir de la cruz que todos llevamos.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Pocos experimentan la suavidad y la dulzura de esa cruz, porque pocos toman sobre sus hombros la cruz del Señor. Preferimos llevar la nuestra y, como bastante pesada se nos hace, no nos atrevemos a cargar con la de Cristo. Nos conformamos con mirarla.

Pero si, en lugar de mirar y remirar tu cruz, quejándote de tus dolores y renegando de cada contrariedad; si, en lugar de andar tan ocupado sufriendo tus problemas, volcaras tu cruz en la de Cristo como se vierte en el vino la gota de agua e hicieras tuyos los dolores del Señor… Entonces el Amor te abrazaría, y te serían tan dulces tus dolores que pensarías que, con Jesús, da gusto hasta sufrir.

(TOI15J)

Antes de que llegue la palabra a mi lengua…

La palabra es don y problema. Es un don, porque nos permite comunicarnos. Y ese don brilla como el sol cuando, a través de la palabra, anunciamos a Jesucristo o pronunciamos su nombre. Sin palabra no habría anuncio, y sin anuncio no habría fe. Pero la palabra se vuelve problema cuando nos atrapa y queremos encerrar en ella todo el conocimiento. Se nos llena de palabras el cerebro y, cuando un rayo de Amor divino quiere alcanzar el hondón del alma, un barrizal de palabras le impide alcanzar la puerta.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Por la gracia divina somos hijos de Dios. Pero los hijos de Dios no crecen con el tiempo, sino que van menguando a lo largo de los años. Hasta que un día –y ese día tiene que llegar– te ves como un recién nacido que aún no sabe hablar. Se despeja el entendimiento de palabras, y recibes la noticia del Amor como quien recibe un beso, una caricia o un abrazo. Toda tu respuesta es un vagido. Eso es el cielo.

(TOI15X)

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