Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Fiestas de los santos – Espiritualidad digital

El reino de Dios entrando en un despacho

Imagínate que entro en el supermercado provisto de un megáfono, me subo al congelador de los guisantes, y grito desde allí: «¡El reino de Dios ha llegado a vosotros!». ¿Cómo me mirarían los que están haciendo la compra? ¿Cuánto tardaría el encargado del supermercado en llamar a algún vigilante para que me sacara de ahí? Eso si no se rompe el cristal del congelador y quedo sepultado entre bolsas de guisantes con megáfono y todo, claro.

Si entráis en una ciudad y os reciben, decidles: «El reino de Dios ha llegado a vosotros».

El reino de Dios puede anunciarse a grito pelado, desde luego. Los apóstoles lo hicieron en Pentecostés, y el Espíritu bendijo su predicación con abundancia de bautismos. Pero hay más formas.

Lunes por la mañana en un despacho de abogados. Nadie habla apenas, todos visten cara de lunes. Hasta que entra un joven abogado sonriendo, dando a cada uno los buenos días y preguntando a uno de ellos por su madre enferma. El jefe le pregunta: «¿Qué desayunas los lunes, para venir así?». Él responde: «Es que vengo de misa». El reino de Dios ha llegado a vosotros. El lunes siguiente, el jefe está también en misa.

(1402)

¿Nos quedaremos esperando?

A quienes deseáis ver el Reino de Dios extendido por toda la tierra os mostraré dos escenarios: Podéis rezar y esperar a que los hombres, hartos del mundo, vuelvan a Cristo. Y volverán, van volviendo de uno en uno, yo ya he recogido a unos cuantos que venían muertos de asco y de sed. O podéis ser divinamente impacientes, no conformaros con esperar rezando y salir a las calles, acercaros a quienes no creen y llevar el cielo a sus casas para que despierten, gritándoles, con vuestras vidas: El reino de Dios ha llegado a vosotros.

Porque para muchos, incluso entre quienes fueron bautizados, Dios es un concepto frío y lejano. No lo han tocado ni lo han olido jamás. Y el cristiano es quien, con su vida, su cariño y su alegría hace sentir a los hombres que Dios está cerca.

Decid primero: «Paz a esta casa». Y los hombres se sorprenden. ¿De dónde le viene a éste esa paz? Le viene del cielo, el cielo está cerca, lo toco cada vez que trato a este hombre. Huele a Dios.

No os conforméis con rezar y esperar. Llevad el cielo a los hombres. Sed santos en medio de ellos.

(2601)

Ver, creer, besar

Me encanta cómo besan los niños la imagen del Niño Dios al terminar la misa. Es verdad que me lo dejan perdidito de babas, pero cuánta naturalidad hay en esos besos infantiles. Papá o mamá, que los traen en brazos, dejan en los pies de Jesús un beso contenido. Y luego dicen al pequeño: «Dale un beso al Niño Jesús». Y el niño se lanza sin miedo a besar como besa a sus padres. ¡Qué sería de los niños sin las imágenes! Un pequeñín no puede entender a un Dios invisible, pero disfruta contemplando el Belén.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Eso mismo hace el niño: ve y cree. Ve con sus ojitos la imagen de Jesús y besa como quien realiza el más conmovedor acto de fe.

Hasta que el Hijo de Dios vino a la tierra, hacer imágenes del Altísimo era un pecado. Pero la vida eterna que estaba junto al Padre se nos manifestó (1Jn 1, 2). El Hijo se dio la vuelta, nos miró y se dejó ver. Por eso la Navidad es de los niños, por eso en Navidad se reza con los ojos.

(2712)

“Misterios de Navidad

Hoy nos han tendido una escalera

Hoy en Belén nos ha tendido Dios una escalera. Y en su peldaño más bajo, tan bajo que debemos agacharnos para alcanzarlo, hay un pesebre sobre el que está un niño recostado.

El que persevere hasta el final, se salvará. Perseverar hasta el final comienza hoy. Se trata de abrazar a ese niño y no soltarlo hasta que hayamos ascendido a la cima por esa escalera.

Peldaño a peldaño, subiremos un monte, el Calvario, y entonces nos abrazaremos fuerte fuerte, para atravesar, pegados a Él, dificultades, persecuciones, y la misma muerte. No temeremos, Jesús viene con nosotros. Y del mismo modo que Él dirá: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 22, 46), diremos nosotros, con Esteban: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59). Nosotros se lo damos a Él, y Él se lo entrega al Padre. Son los últimos peldaños. Cuando, unidos a Jesús, entreguemos la vida, llegaremos al cielo, a la cumbre.

Y todo, ya lo ves, empieza hoy. Podrías ir entrenando y, antes de decirle en la Cruz «recibe mi espíritu», decirle, en el pesebre, lo que aprendiste de pequeño: «Por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío no».

(2612)

“Misterios de Navidad

Bienaventurados

¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida? (Por cierto, me alegro por ti si sabes responder a esa pregunta, yo no la sé responder). Vuelve a ese momento, recuerda la inmensa alegría que te embargaba… Y ahora déjame decirte que eso no es nada en comparación con lo que te tiene reservado Dios.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

«Bienaventurados» es más que contentos, más que alegres, más que felices… Es la palabra que emplea la Iglesia para expresar lo inefable. Por eso, si me pides que lo defina, no puedo definirlo. Nadie puede. Es lo que experimentan los santos en el cielo.

Tú no estás llamado a disfrutar de una buena siesta. Ni a acumular una fortuna. Ni a gozar del cariño de aquellos a quienes amas. Tú estás llamado a la santidad, a la bienaventuranza, al cielo. Dios te ha creado para el cielo, no para la tierra. Por eso, no te entierres. No permitas que la tierra secuestre tus ojos. Levanta la mirada, que vas de camino. ¡Mira al cielo!

Y si, por llegar allí, tienes que renunciar a cualquier gozo terreno… ¡Vale la pena!

(0111)

Romance en monosílabos

Los monosílabos se adaptan mejor a la sencillez de Dios que los largos discursos. Por lo general, los largos discursos son largas excusas, mientras los monosílabos son pura claridad.

Llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles. Entre esos doce estaban Simón y Judas. Ese día supieron que habían sido elegidos.

Y entonces viene el monosílabo. Un día te das cuenta de que Cristo te ha elegido. Y tu primer monosílabo va encapsulado en dos signos de interrogación:

¿Yo?

No te lo explicas, no eres ningún superdotado precisamente, eres un pobre hombre pecador y herido. En muchos sentidos, un despojo. Te quedas mirando al Señor tras pronunciar tu monosílabo, y Jesús te responde con otro:

Tú.

Ya no puedes dudarlo. Te lo ha dicho mirándote a los ojos. Así que ahora te la juegas. Puedes optar por el discurso, otros lo hicieron:

Deja que primero me despida de mi familia; déjame antes enterrar a mi padre… Todo eso acaba fatal. Pero sí y no son monosílabos, pura claridad. Elige uno:

Sí.

Pues ya está. ¿Ves qué sencillo? – ¿Yo? – Tú. –Sí.

Prohibido superar el monosílabo, salvo para el diptongo de la Virgen: Fiat.

(2810)

El evangelista de la Virgen

San Lucas era –digámoslo así– el «secretario» de san Pablo. Lo acompañó en sus viajes y, a buen seguro, en su evangelio refleja la predicación del Apóstol de las gentes. También era médico. Pero, sobre todo, san Lucas es el evangelista de la Virgen. Incluso dice una tradición que pintó un retrato suyo.

Gracias a san Lucas conocemos la Anunciación, la Visitación de la Virgen a Isabel, la Presentación de Jesús en el templo, la angustia de María cuando en Jerusalén perdió a su hijo, y la presencia de la madre de Jesús en el Cenáculo con los apóstoles el día de Pentecostés. Sin duda alguna, toda esa preciosa información tuvo que proceder de un trato muy cercano con la Virgen.

¡Cómo no dar gracias, en este día, al querido evangelista! Le debemos cuatro de los cinco misterios gozosos del Rosario. Y muchas, muchas horas de oración maravillosa y fecunda contemplando la vida de la Virgen y la infancia de Jesús.

También vosotros propagad mucho la devoción a la Virgen. Ella es el camino más corto y dulce para acercarse a Cristo. Quien ama a la Virgen permanecerá siempre unido, como ella, a Aquél que dulcemente cautivó su inmaculado corazón.

(1810)

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