Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Adviento – Página 4 – Espiritualidad digital

La verdadera sabiduría

Me gusta mucho la película «El hombre que no quería ser santo» (Edward Dmytryk, 1962), protagonizada por un inconmensurable Maximilian Schell. Cuenta la historia de san José de Copertino, un santo franciscano prácticamente analfabeto a quien Dios confió una sabiduría que lo elevaba sobre todos los teólogos. Lo de que «lo elevaba» es casi literal. Este hombre levitaba al celebrar la Misa. Es el patrono de la aviación. En serio. Ved la película. Si la encontráis.

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Podríamos citar también a santa Catalina de Siena, o a Francisca Javiera del Valle, o a muchos otros.

Porque, al final, no es cuestión de quién sabe más o está más capacitado, sino de a quién le cuenta Dios sus secretos. Y se los cuenta a los pequeños, a quienes el mundo tiene en nada.

Debéis leer y estudiar. Pero la verdadera ciencia, la de Dios, no se alcanza, se recibe. Y se ha de recibir con gratitud, porque, cuando Dios te habla al oído, su sabiduría llena el alma como las aguas colman el mar.

(TA01M)

El místico con espada

Hay mucha gente que no sabe lo que hace; unos para mal, otros para bien. Algunos pecan sin saber que están partiéndole el corazón de tristeza a Dios. Otros hablan con sencillez sin saber que hablan palabras de Dios. El centurión del evangelio de hoy es uno de ellos. Al hablar con Jesús, no supo que estaba dando voz al diálogo entre el Señor y la Humanidad herida.

Voy yo a curarlo, le dice Jesús ante la noticia de la enfermedad del criado. Y llena el aire el eco de una conversación mantenida sin palabras en el seno de la Trinidad. Miran el Hijo y el Padre al hombre, sumido en la muerte y el pecado. Y, movido por el Espíritu –el Amor– dice el Hijo: Voy yo a curarlo. Vendrá el Señor a sanar las heridas de los hijos de Adán. Debería llenarme de alegría, pues tan herido estoy.

No soy digno de que entres bajo mi techo, responde el centurión. ¿Cómo un hombre será digno de recibir a Dios, si nadie puede ver a Dios sin morir?

Basta que lo digas de palabra. Y la Palabra se hizo carne.

Ese centurión era un místico. Y no lo sabía.

(TA01L)

¿Estamos preparados?

Ayer terminaba el tiempo ordinario con una exhortación: Estad preparados. Y comienza hoy el Adviento con la misma advertencia: Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Ya lo he escrito en alguna otra ocasión: Creo que la hora en que menos pensemos es ésta. En Occidente ya nadie piensa, vivimos bajo una nube espesa de sentimentalismo tóxico que ha anulado nuestros cerebros y nos ha puesto en manos de quienes controlan las emociones. Por eso pienso que el Señor debería estar al llegar.

¿Estamos preparados?

Para mucha gente, el comienzo del Adviento es una invitación a mirar hacia delante en el calendario, al 25 de diciembre, e ir encendiendo las luces navideñas. Pero se equivocan. Nada apunta, en la liturgia de hoy, al 25 de diciembre; ese anuncio llegará más tarde. Ahora no se nos invita a mirar hacia delante, sino hacia arriba. De lo alto vendrá el Señor.

Deberíamos estar recogidos, vueltos los ojos hacia el cielo, subidos al Monte Sion, ese lugar del centro del alma donde casi se toca a Dios. Allí, en oración permanente, debemos esperar a Cristo, que viene por encima de las tinieblas del mundo.

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