Una muerte santa
Quienes rezáis la Liturgia de las Horas conocéis esta súplica que pone fin a la oración de Completas:
«El Señor nos conceda una noche tranquila y una muerte santa».
Esa oración nos recuerda cada noche que el sueño es una preparación para la muerte. Quien se entrega al descanso nocturno habiendo pedido perdón a Dios por sus faltas para después recitar los salmos del Salterio dormirá bien y morirá mejor. Y si, tras apagar las luces, desgrana en la cama las cuentas del rosario, la misma Virgen que lo acuna hasta que duerme lo hará despertar un día ante el rostro dulcísimo de su Hijo Jesús.
La muerte es fea, es hija del pecado y nieta de Demonio. Pero, en la Cruz, Cristo ha convertido la muerte en sueño y el cielo en día. Ésa es la «muerte santa»: la de quien se duerme en el Señor.
Cuando rezo ante un difunto, no puedo decir que está en el cielo; no lo sé. Pero si sé que ese difunto ha recibido los santos sacramentos, puedo decir que se ha ido al cielo, aunque le quede un camino de purificación por recorrer.
Vivid en gracia. Dormid en gracia. Iréis al cielo.
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