Marta y yo

Marta y yo nos engañamos. La quiero mucho, es mi hermana del alma, una gorda maravillosa y taquicárdica que no tiene filtros a la hora de hablar. Y ella me quiere mucho a mí, porque nos parecemos un montón, aunque a mí los filtros me los ha puesto la edad que quizás ella no tuvo.

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.

Estoy escribiendo estas líneas, tengo toda la mañana ya programada y personas citadas a su hora. Y me llaman del tanatorio, necesitamos una misa de cuerpo presente en hora y media. Y se me altera el pulso, y empiezo a ver cómo reprogramar el día, y venga a llamar a unos y a otros para que no vengan porque voy a un entierro. Y Marta y yo, ella con sus platos y yo con mi agenda, temblamos inquietos y preocupados como idiotas. Porque ambos somos idiotas, sólo que ella es santa y ya ha dejado de ser idiota.

Entonces Marta me abraza y me recuerda las palabras de Jesús: Solo una es necesaria: que estés unido a Jesús. Y yo se lo agradezco y recupero la calma. Adiós, me voy al tanatorio.

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