Reflexiones navideñas en desorden
Ayer decía el Bautista: «Yo no soy». Y hoy, señalando a Jesús, grita: «Éste es».
Este es el Cordero de Dios.. Este es aquel de quien yo dije… Ese es el que bautiza con Espíritu Santo… Este es el Hijo de Dios.
Y así estamos, ante el Belén, como estuvo Moisés ante la zarza.
Mi sobrina Ana, que es lo más parecido que conozco a Miércoles Adams, le dijo a su hermana mayor embarazada que el día en que naciese su hijo sería el día en que comenzaría a morir. Así de alegre es mi sobrina. Pero tenía razón.
Jesús ha nacido, ha comenzado a morir y a ser sacrificado como el cordero, ya está cubierto de muerte como la zarza estaba cubierta de fuego. Pero la muerte, como el fuego a aquella zarza, no lo consume ni lo consumirá.
Le preguntamos su nombre. Y mientras Juan responde: «Él es», la Virgen nos dice: «Su nombre es Jesús». Y nos deleitamos en ese dulce nombre, porque los enamorados se deleitan en el nombre del ser amado. «Tu nombre me sabe a hierba», cantó Serrat. A nosotros, el nombre de Jesús nos sabe a gloria y a gracia, a cielo.
¡Jesús!
(0301)











