Llaman libertad al desarraigo. Rompen los vínculos, se desentienden de todo el mundo, desprecian cualquier autoridad, hacen lo que les viene en gana, y dicen: «Voy por libre». Soy un «verso suelto». Como si uno de los violines de una orquesta olvidara la partitura y a sus compañeros, e improvisara una melodía que nada tiene que ver con el concierto. Olvidan que quien «va por libre» acaba esclavo de su capricho. Y que el «verso suelto» no hace poema sin los demás.
Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. El propio Jesús rompió con su madre y sus hermanos, abandonó su pueblo y emprendió el camino marcado por su Padre. Pero no se desentendió de ellos. Rompió los vínculos de la carne y amó a los suyos con Amor divino. Se entregó en la Cruz por sus hermanos y su madre se asoció a esa ofrenda junto al Leño.
Recuérdalo, y ojalá lo entiendas. No estamos llamados a amar menos, sino a amar mejor. Aunque a veces duela.
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