En ocasiones, el Enemigo tienta a algunos cristianos haciendo que se pregunten por qué se complican tanto la vida, cuando las personas sin fe viven libres de ataduras. Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás (Sal 72, 3-5). Lo de «orondos» me encanta. La maldad engorda.
Es mentira. No hay sufrimiento peor que el de vivir sin Dios, con la muerte y sus tinieblas como horizonte. Pero también es cierto que quienes tenemos fe sufrimos dolores de los que nada sabe el mundo.
No rechaces la lección del Todopoderoso, porque hiere y pone la venda, golpea y cura con su mano (Job 5, 17-18). Porque el Espíritu viene a herir y a sanar. A herir, porque nos hace partícipes de los sufrimientos de Cristo. Nos duelen nuestros pecados y todos los pecados que se cometen en el mundo. Y a sanar, porque nos trae la paz de Cristo y la esperanza en su victoria.
Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo.
(TP07L)

















