Y, llorando, viste a Dios

A lo largo de los siglos, el genio de los hombres ha podido escribir la Odisea, El Quijote, Macbeth y La Regenta. Pero dudo mucho que, si no las hubiera pronunciado el mismo Dios encarnado, hubiese podido escribir nadie las Bienaventuranzas. Para la sabiduría humana, las bienaventuranzas son un disparate. ¿Quién puede decir: bienaventurados los que lloráis, sin ser tenido por loco? Es como decirle a quien ha perdido las dos piernas en un accidente de moto que debe alegrarse de ello.

Pero yo he conocido a ese hombre. Y todos los años celebraba el aniversario de su accidente. Porque, en el hospital, cuando se vio inválido y recibió la visita del capellán, se encontró con un Dios a quien había rechazado desde niño. Y ese Dios llenó su vida de una alegría que jamás había conocido hasta entonces.

No es que sea bueno enfermar. Pero, cuando todo nos va demasiado bien, a menudo olvidamos a Dios, porque nos creemos seguros. Si, de repente, sucede algo que te hace llorar, y a través de las lágrimas descubres que estabas edificando sobre arena, porque sólo en Dios puedes apoyar tu vida, acabarás diciendo, mientras lo abrazas dulcemente: Bienaventurados los que lloráis.

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