Vértigo

El pecado es un camino de descenso. No requiere esfuerzo, basta con dejarse rodar. La concupiscencia actúa como una poderosa fuerza de gravedad. Y el atractivo del vértigo, que se hace intenso por la velocidad de caída, embriaga los sentidos mientras ciega al pecador, que ya no capta las consecuencias de sus actos. Derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Vivir perdidamente es perder la vida.

Cuando lo había gastado todo (…) comenzó a pasar necesidad. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Ahí lo tienes: soñó ser dueño de su vida y su fortuna, y, al despertar, se encontró despojado de cuanto tenía. Toda cuesta abajo tiene su lodazal al fondo del barranco, y todo vértigo es coronado por una colisión.

Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. Allí comenzó el vértigo. Tras cada pecado se oculta la ambición que perdió a Lucifer: «mi vida es mía», «yo soy Dios para mí».

Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Si quieres ser feliz, no lo olvides: tu vida es de Dios. No te separes de Él, haz siempre su voluntad, y Dios mismo se entregará a ti.

(TC02S)