¡Una y no más, santo Tomás!

En la primera noche, cuando Cristo resucitado cenó con los suyos, Dios quiso que tú y yo estuviésemos debidamente representados. Quien se encargó de esta tarea fue Tomás: Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Tú yo tampoco estábamos. Él es el cristiano que no vio; simplemente, escuchó, como nosotros. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Al no estar, Tomás nos representó bien. Al escuchar el anuncio, sin embargo, no nos dio buen ejemplo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. Con todo, es difícil culparlo. ¡Cuántas veces hemos sufrido la misma tentación! ¡Cuántas veces nos hemos rebelado contra esa impotencia para ver, para tocar, para besar, para abrazar al Maestro! ¡Cuántas veces hemos gritado: «¡Señor, quiero verte»! No seré yo quien condene a Tomás. También en su pecado me representa.

Jesús, en consideración a su debilidad y a la nuestra, le permitió tocar sus llagas. Pero, después, añadió: Dichosos los que crean sin haber visto. Es decir: «Una y no más, santo Tomás. Si hoy creéis, mañana me veréis».

(TPB02)