Una «santa obsesión»

La familia, el trabajo, el deporte, la televisión, el teléfono, la báscula, la salud… La vida está llena de facetas que la hacen multicolor. Pero cuando una de esas facetas revienta sus límites y se apodera invasivamente del cerebro, tenemos una obsesión. Si alguien se pesa una vez al mes, cuida su salud; si se pesa cuatro veces al día, tiene un problema.

La conversión a Jesucristo es una «santa obsesión». Cuando uno conoce a Cristo y queda fascinado por Él, el Señor lo invade todo. San Pablo confiesa a los Corintios que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo (1Co 2, 2). Y a los Filipenses: todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Lo que diferencia esta «santa obsesión» de las obsesiones patológicas es que, mientras éstas esclavizan al hombre, el pensamiento de Cristo no desplaza las demás facetas de la vida, sino que las ilumina. La familia es para Cristo, el trabajo es para Cristo, la salud es para Cristo, el ocio es para Cristo… Y el alma se libera, y deja de depender de las cosas para convertir la vida en lance de Amor.

¡Bendita obsesión!

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