Una prueba de fe

Para los judíos que escucharon el discurso del pan de vida, las palabras de Jesús suponían una auténtica prueba de fe en Él. Cuanto el Señor había dicho parecía contradecir la enseñanza de Moisés, según la cual el hombre se salva por el cumplimiento de la Ley. Aquel rabí, sin embargo, hacía residir la salvación del hombre en algo tan tosco y tan prosaico como comer. Y en eso hubiera quedado todo, en algo tosco y prosaico, de no ser porque el alimento que Jesús ofrecía era nada menos que su carne y su sangre. Aquello les parecía brutal:

En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

Desde niños nos hemos acostumbrado a comulgar, y por eso estas palabras no nos escandalizan. Pero tratad de poneros en la piel de aquellos hombres. ¿Hubierais aceptado este discurso? Yo sólo lo hubiese aceptado si antes creyera que quien habla es el Hijo de Dios. Y, entonces, habría entendido que no tengo que ganarme el cielo; sólo tengo que dejarme amar y alimentar por Él, como se deja un niño amar y alimentar por su madre.

(TP03V)