Una parábola llena de espejos

La parábola del buen samaritano es como una habitación llena de espejos. En cada personaje nos vemos reflejados de manera distinta, y tras cada reflejo se desvela una llamada divina.

Un hombre… cayó en manos de unos bandidos… lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Así nos dejó el pecado, y así nos encontró Jesús, el Buen Samaritano que curó nuestras heridas.

Un samaritano… al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino. A nuestro paso, muchos hombres y mujeres yacen heridos. Viven sin Dios. Debemos acercarnos a ellos, y curar sus heridas llevando a sus corazones el Amor divino. Después los acercaremos a la posada de la Iglesia, donde recibirán el Espíritu que restaure sus almas rotas.

Sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré cuando vuelva». Ahora somos el posadero. El Señor ha puesto en nuestras manos a las personas que nos rodean, y nos ha encargado que cuidemos de ellos. Si te cansas, recuerda que cualquier desvelo por tu prójimo te lo pagará el Señor. Y nadie paga como Él.

(TOP27L)

“Evangelio