Una oración de mentira

Hay una oración «de mentira». Dirás que, si es de mentira, entonces no es oración. Y tienes razón: no es oración, pero se le parece. He ahí su mayor peligro.

Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. La verdadera oración –bien lo supo san Andrés, a quien hoy celebramos–, a la vez que te retira a un lugar apartado con Cristo, te acerca a los hombres y te une a ellos cada día más. Necesitas retirarte todos los días durante un tiempo, en silencio, para alcanzar intimidad con el Señor. Dichoso tú si puedes pasar esos minutos ante un sagrario. Pero, mientras estás a solas con Él, sientes esa llamada urgente que te envía hacia tus hermanos. Es como si te dijese: «¡Tráemelos, muéstrales mi Amor y atráelos hacia mí!». Por eso, cuando vuelves a tus tareas, estás más cerca de quienes te rodean y los amas más. Ese amor te convierte en apóstol.

En la oración «de mentira», uno cree escuchar: «Ven conmigo, y te libraré de los hombres». «¡Qué bien se está rezando, aquí, a solas y en silencio, sin tener que soportar al prójimo!». Eso, ni es oración, ni lleva al cielo. Es aburguesamiento espiritual.

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