Una de vaqueros

Será por mi afición al Western, pero, ante la palabra «rodeo», pienso en un vaquero montado sobre un potro salvaje que brinca como un poseso hasta revolcar por tierra al jinete.

Y entonces me parece que nuestra vida es un tremendo rodeo. A lomos del «hombre viejo», tratamos de domarlo, pero, constantemente, el potro nos derriba. Ojalá nunca dejemos de levantarnos para intentarlo nuevamente.

¿A qué viene esto? Es por los del rodeo: Un sacerdote, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Caminas al trote, encuentras a alguien que necesita ayuda, y el potro se encabrita: «¡Que lo ayude otro! ¡Yo tengo mucha prisa!». Dando brincos te lleva lejos y, cuando quieres darte cuenta, estás revolcándote en la ciénaga de tu egoísmo.

El samaritano parecía de Texas. Su potro, bien domado, era todo un corcel: Acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada. En lugar de saltar, se inclinó para cargar con otro pasajero. Sin duda, ese buen vaquero sabia mucho de oración y de penitencia. ¡Qué gran jinete de Dios!

(TOI27L)