Una conversión pendiente

Le cuentan a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Y el Señor, en lugar de arremeter contra Pilato y contra Roma, como quizá hubieran deseado quienes le hablaban, responde: Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.

¡Qué fácil es quejarse de quienes nos gobiernan! ¡Qué cómodo es, desde el sofá del salón, o desde la barra del bar, despotricar de los políticos, y acusarlos de ser enemigos de la Iglesia, y lamentarse de cómo odian a los cristianos y los persiguen! Es tan fácil, tan fácil, que, cuando te quieres dar cuenta, has convertido a la Iglesia en la víctima, a los gobernantes en verdugos, a ti mismo en un pobre perseguido, y a tu corazón en un hervidero de resentimientos y odios de los que luego te quejas ante el confesor: «¡Es que no soporto a los políticos!»

Qué difícil es, sin embargo, ante las noticias de persecuciones y desprecios, pensar: «Tengo que convertirme. Si yo me convierto, si yo soy santo, la sociedad cambiará. Para empezar, en lugar de sembrar descontento con mis quejas, procuraré ser sembrador de paz y de alegría entre quienes me rodeen».

(TOP29S)