Un sarmiento de la Cruz

Podríamos preguntarnos qué ve el santo cuando mira un crucifijo, para que de esa forma le enamore. Todo el misterio de la vida de santa Brígida se resuelve en la contemplación de la Cruz. De esa contemplación amorosa proceden el descubrimiento de su vocación, su amor a la Iglesia y al Papa, sus lágrimas, y sus encuentros íntimos con el Señor.

El necio mira un crucifijo y ve dolor. Tanto decir: «¡Qué cruz! ¡Qué cruz!»… En ocasiones, he querido predicar sobre la Pasión del Señor, y recibí, como respuesta: «¡Padre, deje eso para la Semana Santa!». Es decir: «Si hay que sufrir dos o tres días al año, suframos. Pero, el resto del año, háblenos de cosas bonitas».

El santo, sin embargo, cuando mira a la Cruz, ve un beso. No lo ve, lo recibe, porque Cristo crucificado es el beso de Dios para él. Ve un amor inmenso, una vida entregada, una mirada limpia llena de misericordia, un caudal de sangre y agua que llena de vida la tierra. El santo mira a un crucifijo y se enamora.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El santo, a fuerza de mirar, termina convertido en un sarmiento de la Cruz.

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