Un respeto

¡Qué terrible contraste! Ayer contemplábamos cómo la fe de personas como Jairo o la hemorroísa permitieron al Señor obrar milagros admirables. Hoy, en Nazaret, entre los suyos, Jesús experimentará el fracaso más rotundo. No pudo hacer allí ningún milagro (…). Y se admiraba de su falta de fe.

¿Por qué quienes más cerca habían vivido del Señor, quienes habían crecido con Él, fueron quienes menos creyeron en su divinidad? Le habían perdido el respeto. La cercanía que con ellos tuvo durante años, en lugar de ser vivida y agradecida como un don, se les convirtió en motivo de desprecio. Y, así, la vida de familia degeneró en «familiaridades». Por desgracia, sucede muchas veces, y no sólo en la familia del Señor.

Apréndelo: cuando se pierde el respeto a Jesús, lo siguiente en perderse es la fe. Si te acostumbras a pasar ante un sagrario sin arrodillarte, si vives la santa Misa con superficialidad, si tus comuniones se llenan de rutina… Mejor tiembla, porque tu fe muere.

Pero si cuidas los detalles de respeto y adoración ante el Santísimo, si comulgas cada día como si fuera el primero, tu fe se robustecerá, y con ella abundarán en ti esperanza y caridad.

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