Un gran descanso

sacerdoteSupongamos que el evangelio de hoy quedara cortado a la mitad. Imagina que un apagón de luz impide al sacerdote seguir leyendo, y tiene que callar después de decir: Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».

Durante ese silencio cubierto de tinieblas, te representas la escena. Y ves al pobre hombre, castigados cuerpo y alma por la enfermedad y la angustia, postrado ante el Salvador. Intentas entrar en su corazón, sentir lo que él sentía, y descubres que, antes de ser sanado, ya experimentó un gran descanso a los pies del Señor.

¿No lo experimentas tú también cuando acudes a confesar tus pecados? El mero hecho de arrodillarte ante la misericordia de Dios, representada en el sacerdote, y mostrar con sencillez tus culpas, ¿no te proporciona un descanso enorme? A mí sí.

Si un día –no lo permita Dios– mi confesor se viera obligado por su conciencia a negarme la absolución, yo le pediría que me dejase quedarme allí, postrado ante Dios, esperando el perdón, si es preciso, hasta la muerte. Y creo que ni siquiera el pensamiento de poder acabar en el Infierno evitaría que experimentase, entre tanto, un gran descanso.

(TOI12V)