Un Cristo en tu cruz

La Cruz da miedo. El Crucifijo enamora.

No hay que avergonzarse del miedo que suscita la Cruz. Es el mismo miedo que tenemos a la muerte, y tampoco hay que avergonzarse del miedo a la muerte. Jesús, cuando, en Getsemaní, vio de lejos la Cruz, sintió pavor y angustia. Y sudó sangre. Y tiritó como un niño. También los apóstoles, ante el anuncio de la Cruz, no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto. Algo sí habrían captado, cuando les daba miedo preguntar. San Lucas es muy bueno.

Cuando Jesús tuvo cerca la Cruz, la abrazó con todas sus fuerzas, y se dejó clavar en ella. Así la convirtió en Crucifijo.

Tú tienes miedo a la Cruz, y yo también. Por eso necesario que la miremos de cerca, en lugar de temblar desde lejos. Vence el miedo, acércate, hasta que veas el cuerpo de tu Salvador clavado en esa cruz. Míralo despacio, enamórate. Él está en tu cruz, te espera en ella, para que no sea para ti lugar de dolor, sino de Amor.

Ya no tengo miedo. Un Cristo en mi cruz me invita a abrazarlo.

(TOI25S)