Un centinela a la puerta de tus labios

Cuando Simón dijo a Jesús: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el Señor le respondió: Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Y, para que quedase claro que esa profesión de fe no provenía de la carne ni de la sangre, Jesús permitió que la carne y la sangre de Pedro tomaran la palabra poco después. Tras anunciar a sus apóstoles que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».

En poco tiempo, por la misma boca hablaron el Espíritu y la carne, Dios y el pecado. Por los labios de Pedro anunció Dios que Jesús era el Mesías, y con los mismos labios quiso Satanás apartarlo de su misión.

Esos labios tuyos, que recitan oraciones fervorosas, también difaman, murmuran y mienten. No estaría mal que, antes de permitir que las palabras salgan de ti, eches un vistazo a su denominación de origen.

(TOI18J)